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CASO ILUSTRATIVO No.
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MASACRE EN LA ALDEA LA LLORONA
EL ESTOR, IZABAL
"Quedaron manchadas
por ser las viudas de los hombres que trajeron esta tristeza a la
aldea. Todavía existe este odio entre nosotras. Siempre dicen
que somos mujeres de guerrilleros".1
I.
Antecedentes
La Llorona, ubicada
a unos 18 kilómetros de El Estor, en el departamento de Izabal,
es una aldea pequeña, con no más de veinte casas.
La mayor parte de sus primeros pobladores llegó de las áreas
de Senahú y Panzós, Alta Verapaz. En 1981 la población
total era de unas 130 personas, todas pertenecientes a la etnia
maya q'eqchi'. Pocos habitantes dominaban el castellano y la mayoría
trabaja en su propia milpa; prestaban esporádicos servicios
a los finqueros locales. En los alrededores se encuentran las aldeas
El Bongo, Socela, Benque, Río Pita, Santa María, Plan
Grande y Nueva Esperanza.
En los años setenta y ochenta las comunidades
de todas las aldeas, a excepción de Nueva Esperanza, profesaban
la religión católica.
En el pasado, las tierras de la región habían
sido utilizadas para producir chicle, pero en esos años ya
predominaba la actividad ganadera.
Los conflictos en la zona se relacionaban con la
tenencia de la tierra, destacando la incertidumbre sobre los límites
territoriales entre fincas y comunidades, y la ausencia de títulos
de propiedad.
El poder real era
ejercido por algunos finqueros. La figura dominante era "Beto" Ponce,
miembro de la familia más poderosa del municipio y dueño
de la finca Secacou.
Como en el Instituto
Nacional de Transformación Agraria (INTA) no existía
registrado un legítimo propietario del terreno que ocupaba
La Llorona, la comunidad permanecía en la creencia de que
la tierra pertenecía al Estado, por lo que, en los años
setenta, inició los trámites para obtener el título
de propiedad. Sin embargo, según testimonios aportados a
la CEH, otro finquero que ejercía gran influencia en la zona
ocupó parte del terreno, generándose una situación
conflictiva entre él y la comunidad.
Los hombres de la aldea, por iniciativa propia,
trazaron un nuevo límite entre los terrenos comunitarios
y los del finquero, pero el problema se mantuvo latente.
En las comunidades
aledañas a La Llorona no existía opinión uniforme
sobre este conflicto. Un testigo afirma: "(...) La gente de la
aldea Benque estaba en favor de los finqueros".2
Los pobladores de Benque movieron el mojón que señalaba
el límite fijado por los hombres de La Llorona, lo cual desencadenó
a su vez una situación de antagonismo entre ambas comunidades.
En la segunda mitad
de los años setenta aparecieron las primeras noticias sobre
la presencia de la guerrilla en las aldeas. "(...) Hace 23 años
entró Ramón, hablando con la gente. Pasaron a las
aldeas, pidiendo comida, al principio dijeron que eran vendedores
y compradores de coches. Su líder era un hombre de nombre
Don Ramón; él dijo que era del Ejército de
los Pobres [EGP]".3
Pasó por muchas aldeas preguntando qué problemas tenía
la gente y brindándose a solucionarlos. Decía a los
campesinos que la tierra pertenecía a los pobres y que no
debían confiar en los finqueros.
Ya en 1977, Ramón
visitaba con asiduidad la aldea La Llorona y, al constatar que el
asunto del terreno estaba causando muchos problemas en la comunidad,
reunió a la gente para practicar nuevas mediciones, lo cual
hizo que cundiera el temor entre los propietarios agrícolas.
"Los de las fincas pensaron que él iba a matar a ellos".4
El temor de los finqueros
no era infundado. En 1977 el grupo al mando de Ramón ejecutó
arbitrariamente al finquero español José Hernández,
cerca de la finca El Recreo, de su propiedad.5
A raíz de
este hecho, se formó un grupo clandestino, apodado como "Guerrilleros
de los Ricos", para proteger los intereses de los finqueros.6
Los hombres que trabajaron para este grupo, en el pueblo y en el
campo, recibían una paga. Según un declarante: "Los
finqueros hicieron un sueldo de 20 quetzales diarios para ir a hacer
daño a la gente, pero eran 100 quetzales por matar
a la víctima".7
De acuerdo con lo que señalan múltiples testimonios,
fue una alta autoridad pública de El Estor quien organizó
el grupo y pagó a sus integrantes por los desafueros cometidos
en las aldeas contra los "enemigos de los finqueros", proviniendo
la financiación de un importante propietario agrícola.
El grupo, irregular, tuvo relación con los comisionados militares
de la región y, según múltiples declarantes,
fue aquella alta autoridad de El Estor la que actuó como
intermediaria, a efectos de información, entre el grupo y
los mandos del Ejército,8
aunque también se produjeron rivalidades mutuas. La asociación
clandestina asesinó a varias personas, incluyendo víctimas
que no tenían vinculación alguna con grupos insurgentes.
En diciembre de 1978 el líder del grupo
del EGP, Ramón, fue capturado por soldados del destacamento
militar de El Estor y trasladado a la zona militar de Puerto Barrios.
Al cabo de dos años regresó a El
Estor; pero esta vez como oficial de la G2 del Ejército de
Guatemala.
A mediados de septiembre
de 1981, Ramón, luciendo uniforme militar, formó parte
del grupo de soldados que llegó a la aldea. Esta visita anticipó
los hechos que se narran a continuación. "Vino el Ejército,
subieron la bandera de Guatemala al lado de la escuela. El teniente
vino a hablar y con él anduvo el jefe de los comisionados
militares de una aldea vecina, quien nos dijo que 'hay 5
espinas entre ustedes, luego llegarán a saber quiénes
son'. Nos dieron órdenes de subir y bajar la bandera. Lo
hicimos por casi un mes".9
II.
Los hechos
Al atardecer del
28 de septiembre de 1981 un oficial del Ejército, acompañado
de cuatro soldados y un comisionado militar, se reunieron con cerca
de treinta civiles en una casa de la finca El Murciélago,
para intercambiar informaciones sobre la operación que se
realizaría al día siguiente. El encuentro se prolongó
hasta la madrugada.
El 29 de septiembre
de 1981 a las siete de la mañana, más de treinta civiles,
la mayoría de Nueva Esperanza, entre los cuales se contaban
varios conocidos "informantes" de la Inteligencia militar, acompañados
de algunos comisionados militares y de un pequeño grupo de
soldados y oficiales del Ejército, se apostaron en los alrededores
de La Llorona. Luego, entraron en la aldea. Los civiles y los comisionados
ingresaron a doce casas y, de cada una de ellas, fueron sacando
a los hombres. "Los mataron a todos con plomo. Cada uno en frente
de su casa. No tenían tiempo para defenderse".10
Los que intentaron huir también fueron muertos. A las mujeres
que trataban de proteger a sus esposos las arrojaban al suelo y
allí les pegaban.
Uno de los hombres,
al que acribillaron mientras huía, simuló estar muerto.
Fue el único sobreviviente entre los varones que habitaban
esas doce casas.
Mientras los comisionados militares y los civiles
ejecutaban a los hombres, los soldados sustraían desde las
casas las pertenencias de las víctimas.
En menos de media
hora, los autores del asalto salieron de la aldea. Los cuerpos de
las víctimas, catorce en total, quedaron frente a las casas.
Las mujeres, pese
a haber sido amenazadas de muerte en caso de contar lo sucedido,
corrieron hasta la aldea más cercana, el Bongo, para pedir
auxilio. Después de unas horas, llegaron con personas que
las ayudaron a sepultar los cadáveres. Días más
tarde, las viudas, con sus casi 60 niños huérfanos
de padre fueron acogidas por la parroquia de El Estor, donde les
proporcionaron habitación y alimentos por varios días,
hasta que regresaron los soldados y las obligaron a volver a su
aldea.
De regreso a La Llorona,
las mujeres continuaron siendo víctimas de abusos cometidos
por los comisionados militares de la vecina aldea El Bongo. Varias
fuentes señalan que las golpeaban, al tiempo de acusarlas
de ser esposas de comunistas y guerrilleros.
A la vez, dos viudas
de sendos ejecutados el 29 de septiembre establecieron relaciones
íntimas con los comisionados militares de El Bongo. "Ellas
atendieron bien a los hombres, no sabemos si fue por miedo o qué".11
Más tarde, una de estas mujeres contrajo matrimonio con uno
de los comisionados. Esta situación originó divisiones
que aún persisten en la comunidad.
Después de
la masacre, los huérfanos, de modo particular los varones
mayores de doce años, fueron también víctimas
de abusos físicos por los comisionados de El Bongo y Nueva
Esperanza. Señala una fuente que, en una ocasión,
el jefe de los comisionados de una de las aldeas se apoderó
de un huérfano y "le llevó y le amarró en
una hormiguera. Dijo que era ladrón como su papá".12
Por otra parte, en
esos mismos días, comisionados de Nueva Esperanza, cuya población
pertenecía en su mayoría a la Iglesia Evangélica
"Príncipe de Paz", ingresaron al templo católico de
La Llorona y, luego de destruir uno de los relicarios, se apropiaron
de algunos objetos de especial significación religiosa, como
crucifijos. Acto seguido, calificando a los católicos de
comunistas, exhortaron a la gente a abandonar su religión
e ingresar a la nueva iglesia, a cuyo culto sería destinado
el templo. Sin embargo, desde ese día ningún miembro
de la aldea La Llorona volvió entrar en aquel recinto, hasta
un mes después, cuando recobró su condición
de templo católico.13
La actividad económica
y social se trastocó en la aldea. Las viudas tuvieron que
asumir los trabajos que realizaban sus esposos. Debido a su falta
de conocimiento en el cultivo de la tierra, cosecharon muy poco
maíz y frijol. "A veces no comían, cuando se terminó
tenían que comprar su maíz; de la milpa sacaban muy
poco porque no lo hicieron bien (....), hubo enfermedades,
especialmente entre los niños y los ancianos, no había
comida ni ropa. El maestro de la aldea salió, en parte por
miedo, pero tampoco valió la pena que se quedara porque los
jóvenes tenían que trabajar. Tampoco podían
gastar dinero en útiles. La aldea no tuvo maestro en los
siguientes cuatro años".14
Los hechos generaron,
finalmente, la desintegración de la comunidad. Algunas mujeres
de la aldea sostienen, hasta el día de hoy, que sus esposos
fueron asesinados por culpa de otros tres que estaban vinculados
con la guerrilla y estaban involucrados en el conflicto de tierras.
Las esposas de estos últimos "quedaron manchadas por ser
las viudas de los hombres que trajeron esta tristeza a la aldea.
Todavía existe este odio entre nosotras. Siempre dicen que
somos mujeres de guerrilleros".15
Según algunos
declarantes, el finquero con quien los aldeanos disputaban la tierra,
aprovechó la situación para apropiarse de otras doce
manzanas de terreno. Las mujeres, según indican las fuentes,
tuvieron temor de denunciar el hecho a las autoridades.
El temor persiste
hasta hoy.16
III.
Conclusiones
La CEH llegó
a la convicción de que, en los hechos investigados, pobladores
inermes de la aldea La Llorona fueron ejecutados por civiles y por
comisionados militares. La participación de estos últimos
elementos, colaboradores institucionales del Ejército de
Guatemala, así como la presencia, aquiescencia y protección
que los soldados prestaron a los autores de las ejecuciones, permite
concluir que los hechos constituyeron una violación del derecho
a la vida.
Del mismo modo, la CEH llegó a la convicción
de que mujeres y huérfanos de esa finca sufrieron violaciones
de su derecho a la integridad física y moral, cometidas por
los mismos civiles y colaboradores del Ejército, bajo la
tolerancia de los responsables de esta institución del Estado.
La CEH considera
que este caso es ilustrativo de la influencia que ejercieron conflictos
no resueltos sobre tenencia de la tierra, tanto en la estrategia
de penetración de la guerrilla en población civil
ajena al enfrentamiento armado, cuanto en la utilización
del aparato del Estado contra campesinos pobres y en beneficio de
propietarios de fincas agrícolas. A la vez, ilustra la estrecha
vinculación que, a través de comisionados militares
y otros colaboradores del Ejército, se estableció
entre esta institución y aquellos propietarios.
El caso ilustra, también, los efectos negativos
que el inevitable involucramiento de la población civil en
el enfrentamiento armado interno acarreó para la convivencia
social, incluso entre las propias víctimas.
Finalmente, los hechos revelan el carácter
instrumental que, para los objetivos de la lucha contrainsurgente,
revistió la aparición de algunas agrupaciones religiosas
que se levantaron como alternativa a la labor pastoral de la Iglesia
Católica en el campo.
LISTADO DE LAS VICTIMAS
Ejecución arbitraria
Agustin Tiul Tiul
David Mucu Chiquin
Domingo Chub Choc
Domingo Ico Caal
Francisco Coc
Hermelindo Pop Asiq
Manuel Chub Tiul
Manuel Ico Caal
Mateo Ico Caal
Ricardo Tzuy
Santiago Chub Sub
Santiago Coc Chub
Valeriano Mucu
Victor Ical
Torturas y otras violaciones
Angelina Choc
Luciana Sub
Manuela Chub
Marta Tiul Tacaj
Matilde Caal Rax
Natalia Choc
Paulina Chun
Rosario Chub Coc
Tecla Choc
Víctimas Colectivas/Desconocidas: 7
1 Testigo directo (viuda)
CEH. Regrese al Texto
2 Testigo directo CEH.
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3 Testigo directo CEH.
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4 Testigo directo CEH.
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5 C 1102.1977. Regrese
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6 Testigo directo (ex
catequista) CEH. Regrese al Texto
7 Testigo directo (ex
comisionado) CEH. Regrese al Texto
8 Testigo directo (ex
soldado del Ejército de Guatemala) CEH. Regrese al Texto
9 Testigo directo CEH.
Regrese al Texto
10 Testigo directo CEH.
Regrese al Texto
11 Testigo directo CEH.
Regrese al Texto
12 Testigo directo CEH.
Regrese al Texto
13 En esos días,
alrededor de trescientas personas armadas, encabezadas por un comisionado
militar, rodearon la vecina aldea de El Bongo, amenazando de muerte
a quienes no se integraran en la nueva iglesia. Regrese al Texto
14 Testigo directo CEH.
Regrese al Texto
15 Testigo directo CEH.
Regrese al Texto
16 Luego de que la CEH
visitara por primera vez la aldea, algunos habitantes se acercaron
al catequista local, con quien tienen mucha confianza, transmitiéndole
su temor por la circunstancia de prestar testimonio sobre hechos
que "podrían volver a ocurrir". 1 8
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