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Capitulo III
Efectos y consequencias del enfrentamiento armado

Introducción

El Terror y Sus Secuelas

Debilitamiento de las Instituciones Estatales

La Ruptura del Tejido Social

Los Costos Economicos

Afrontando la Violencia

Apendices

Capitulo III

LA RUPTURA DEL TEJIDO SOCIAL

DESPLAZAMIENTO Y REFUGIO

297.

     El desplazamiento de la población civil en Guatemala se destaca en la historia del enfrentamiento armado interno por su carácter masivo y su efecto destructor. Encarna la ruptura del tejido social en su forma más directa y desgarradora. Implica el desmembramiento de familias y comunidades, a la vez que se alternaron los lazos culturales que conformaban su cohesión. El terror sin precedentes, provocado por las masacres y el arrasamiento de poblaciones enteras, desencadenó la huida masiva de gentes diversas, cuya mayoría estaba constituida por comunidades mayas, pero que también incluía un importante número de familias ladinas, en especial en el caso de las zonas de colonización cercanas a la frontera con México. Esta población, campesina pro lo común, huyó hacia una diversidad de lugares que parecían ofrecer refugio de la muerte.

298.

     La estimación de desplazados oscila entre 500 mil y un millón y medio de personas en el período de mayor afectación (1981-1983), sumando las que se desplazaron internamente y también aquellas que se vieron obligadas a buscar refugio fuera del país.1  La variabilidad de estas cifras refleja la naturaleza cambiante del fenómeno del desarraigo y la dificultad de establecer el grado de su contundencia según su prolongación en el tiempo. Para algunas familias el desplazamiento no duró más que algunas semanas; otras permanecieron fuera de su comunidad durante años. No obstante el grado de destrucción y las secuelas que tuvieron lugar durante su ausencia fueron con frecuencia semejantes.

Cuando los días se vuelven años

De los primeros desplazamientos a los movimientos masivos

299.

     Como ha quedado establecido en el Capítulo II la violencia política en las áreas rurales del país, especialmente en las zonas de población maya, hacia finales de los años setenta se caracterizó por actos de represión gubernamental selectiva, dirigidos de forma prioritaria contra los líderes de movimientos reivindicativos o los cuadros locales de la guerrilla. Las organizaciones insurgentes también enderezaron acciones contra algunos comisionados militares o representantes del poder económico. Estos actos de violencia provo caron el desplazamiento de aquellos que eran susceptibles de ser atacados o de familiares de las víctimas que temían represalias posteriores.

300.

     A partir de 1981 la represión se volvió indiscriminada y proliferaron las violaciones sexuales de mujeres, así como los asesinatos de niños. La población entera reconoció pronto en estas atrocidades el destino inevitable de todo aquel que no lograra huir a tiempo. Con esto, la huida empezó a tornarse masiva. Eran grupos de pobladores los que buscaban lugares de refugio cada vez más distantes de la comunidad y progresivamente permanecían más tiempo fuera de su casa. Este desplazamiento espontáneo respondía al carácter sorpresivo de las incursiones del Ejército, que producían huidas caóticas, dictadas sobre todo por la inminencia de la muerte, con la consiguiente dispersión de familias y vecinos, que incrementó su vulnerabilidad en los refugios:

     "Salimos corriendo sin entender por qué y eso duele mucho".2 

     "El Ejército allí estuvo, empezaron casa por casa, no llevábamos nada ... Salimos de las casas y ellos no encontraron a nadie. Quemaron las casas, mataron los animales, cortaron las plantaciones. Eran miles de soldados. Ese día mataron a 14 personas, que no lograron escapar. Uno por uno nos fuimos juntando en el monte, ya corriendo. Desde un principio salimos todos perdidos. Yo salí solo, mis padres se adelantaron y yo quedé perdido. Nadie se daba cuenta por donde nos íbamos. Gentes de aldeas vecinas venían corriendo y nos fuimos juntando. A mis papás les encontré ya en México. Eramos como miles y miles. Yo salí por la derecha y mis papás por la izquierda y ya nos partió la patrulla".3 

301.

     Así, los pobladores no podían abastecerse con la necesaria antelación para proveer los requerimientos de un refugio prolongado, o bien no lograban llevar consigo todo lo necesario. Aprovechaban momentos en que el peligro parecía haber disminuido para regresar a su comunidad y buscar alimentos, pese al riesgo de encontrarse con el Ejército. Si las casas habían sido destruidas, muchos volvían a las casas de vecinos o familiares o a parcelas de milpa distantes de la comunidad.

     "[En Tecpán] todo el año 82 hasta noviembre, las personas de la comunidad iban y venían, se escondían en la montaña y regresaban a sus casas por comida y cosas y se volvían a ir. Entre febrero y agosto del 82, el Ejército capturó a mucha gente, algunos en el camino y otros los días jueves, que era el día de mercado . tenían listas de nombres y los capturaban allá porque no los encontraban en la aldea ...".4 

302.

     En comunidades donde había grupos organizados con la insurgencia, independientemente del grado de esa relación, se pusieron en marcha planes de emergencia elaborados y dirigidos por las estructuras locales de aquélla para alertar sobre la presencia del Ejército. Estos aprestos de defensa contribuyeron a salvar muchas vidas durante los primeros operativos militares masivos. Un ex combatiente de la guerrilla recuerda las instrucciones que se les daba a los pobladores:

     "Había que tener listo siempre el abasto, les recomendábamos que se hiciera totoposte, que es una tortilla que tarda varios días, harina de maíz para hacer atol, por lo menos un tecomate con agua por cabeza, sal, chile y se podía tener hierbas como chipilín u otra hierba, listas siempre ahí".5 

303.

     Si bien el apoyo de la guerrilla fue un elemento de protección durante los primeros pasos del desplazamiento, su papel en algunos casos llegó a ser más de acompañamiento que de defensa real contra los ataques del Ejército durante el desplazamiento prolongado, o sea cuando la gente sentía que ya no era posible regresar a su comunidad. Entre algunos desplazados se refleja el sentimiento de abandono que fue descrito anteriormente6  y que nació cuando el apoyo concreto de la insurgencia se demostró inconsistente con su trabajo organizativo.

     "Y que, si resulta de que cuando ya el Ejército vino con más fuerza ya ellos [la guerrilla] dijeron, 'Bueno, ya no somos capaces de hacer nada...' entonces yo les dije: 'Bueno ustedes, por qué chingados no se enfrentan con ellos, porque ustedes dijeron que si son hombres que sí tienen que enfrentarse y defendernos a nosotros' ... Y entonces yo me alegué un poquito con ellos pero cuando fue ya la mayor fuerza del Ejército hacia aquí a nuestra aldea, entonces tuvimos que huir, ellos pasaron delante de nosotros porque dijeron: 'Ah! son muchos... ya no somos capaces de enfrentar', y así que la guerrilla salió adelante y nuestra gente se quedó escondida dentro de los matorrales y ahí fue donde el Ejército fue encontrándolos y fueron matándolos uno por uno ... dentro de la montaña, y así fue cuando nosotros tuvimos que salir de nuestra aldea ...".7 

304.

     Estas experiencias contribuyeron a que la población civil empezara a definirse con mayor autonomía, mediante la búsqueda de otras opciones que no fueran regidas por las orientaciones insurgentes. Sin duda, el vínculo establecido con la guerrilla fue de importancia vital para una parte de la población desarraigada al inicio del desplazamiento, relación que generalmente no se disolvió por completo debido a los fuertes nexos establecidos en los inicios del proceso. Los conocimientos de la estrategia militar, las redes de comunicación, abastecimiento y vigilancia, así como las medidas de refugio en la montaña que ofrecía la insurgencia a los grupos de desplazados fueron tomados por éstos y puestos en práctica aun después de su alejamiento o rechazo de la insurgencia.

305.

     Con las operaciones de tierra arrasada, las características de los primeros desplazamientos, cuando aún era concebible regresar a las comunidades, se transformaron. El desplazamiento local, es decir a la montaña o a otra comunidad próxima, constituía en muchos casos el primer paso de un largo proceso de desplazamiento con muchos destinos posibles. Los refugios fuera de la comunidad variaban de una región a otra y estaban determinados principalmente por características geográficas. En las zonas montañosas del Altiplano occidental, incluyendo Huehuetenango, San Marcos, Sololá y el centro-sur de Quiché, la población huía en grupos dispersos a los barrancos y los cerros boscosos y empinados en las afueras de las comunidades donde pensaban que los soldados no llegarían. En las zonas selváticas y del norte de Ixcán y Petén, la tupida vegetación dificultó a los comandos del Ejército llegar hasta donde las personas - a veces decenas de familias- permanecían escondidas y en silencio. En la región de Chimaltenango la escasez de refugios naturales hizo que la población huyera de forma masiva a comunidades vecinas o intentara cruzar el Río Pixcayá para llegar al departamento de Sacatepéquez, donde el nivel de represión era menor.8 

Salvar la vida en la montaña

306.

     La vida en la montaña significaba trasladarse constantemente, en parte para eludir a los soldados y los patrulleros, en parte para buscar comida, agua y, sobre todo, refugio. El constante movimiento y la existencia bajo la sombra de la muerte y el terror dificultaban enormemente la subsistencia básica.

307.

     La destrucción total de vivienda y bienes, incluyendo vestimenta, ropa de dormir y utensilios, fue un elemento constante en los testimonios presentados ante la CEH.9  Por lo general, los sobrevivientes de la violencia quedaban desposeídos de sus recursos e indefensos en el desplazamiento para luchar por su sobrevivencia, aunque cuando fue posible las familias llevaron consigo la poca comida o pertenencias que lograban reunir o lo que soportaban cargar en la trayectoria desconocida que les esperaba. El aislamiento de su comunidad era absoluta con la excepción de otros grupos de desplazados que a veces encontraban en el camino y con los cuales solían unirse, creando lazos de solidaridad y apoyo.

308.

     El desplazamiento se hacía en grupos familiares de dos o tres generaciones y se cargaba a los niños y ancianos para agilizar el avance. El tamaño de los grupos variaba según las condiciones que debían enfrentar en la montaña. Los grupos de tres o cuatro familias se dispersaban más ágilmente y podían esconderse con facilidad ante un ataque de la infantería del Ejército o de un bombardeo. Los grupos más numerosos solían conformarse en zonas que se percibían como de menor peligro y podían beneficiarse de más recursos humanos para tareas colectivas de producción y vigilancia ante las incursiones militares.10 

309.

     Los lugares de refugio prolongado en la montaña, fuera del alcance del Ejército, se hallaban alejados de las comunidades, a veces a varios días de camino arduo. En ellos, la gente encontraba alivio temporal de la persecución. Sin embargo, la distancia de las comunidades estranguló prácticamente el acceso a la comida, el agua y la vivienda adecuada. El hambre y la enfermedad se convirtieron así en las más devastadoras armas del Ejército. El hambre es lo que más se destaca en los recuerdos de quienes se ocultaron en la montaña. Ante la escasez de alimentos, la gente era mesurada en extremo al consumir lo poco que tenía, prestando más atención a niños, mujeres y ancianos, que corrían mayor riesgo de debilitamiento o muerte por hambre.

310.

     La mayoría de las familias desplazadas eran mayas y antes de la huida subsistían gracias a cultivos ancestrales, como el maíz y el frijol. Sus intentos por sembrar milpa en pequeñas superficies de tierra cultivable en la montaña eran frustrados rápidamente por los constantes rastreos de soldados y patrulleros que llegaban a destruir sistemáticamente cualquier cultivo que encontraban. Cuando ya no había semilla y todos los alimentos se habían consumido, descubrieron las frutas y raíces silvestres que eran comestibles, observando a los pájaros y otros animales que habitaban los bosques donde ellos se refugiaban.

311.

     Cuando el peligro amainaba y las distancias lo permitían, grupos reducidos iban a las aldeas para conseguir sal o alguna vestimenta con el poco dinero que aún conservaban o mediante el trueque de los escasos frutos recogidos en la montaña. Esta práctica no era muy frecuente por el alto riesgo que se corría al acercarse a las zonas de presencia militar y, además, porque su pobreza no les permitía comprar los productos en los mercados.

312.

     El despliegue constante les imposibilitaba erigir vivienda para protegerse del frío y la lluvia. Con tremendo esfuerzo se construían precarias champitas temporales de hojas y ramas que no proveían la protección adecuada. Cuando debían permanecer en alerta durante días y noches enteras su único abrigo eran los árboles, o los pequeños nichos y las cuevas que tenían la suerte de encontrar. Como los cultivos, cualquier albergue que encontrara el Ejército en sus rastreos era destruido, por rústico que fuera:

     "[En el refugio en la montaña] la población decía [que] va a construir su casita. Construyó y entre cuatro días el Ejército lo quema. Entre siete días la población construye otra casa. En tres días el Ejército quema".11 

313.

     La vida a la intemperie y la desnutrición hicieron a la gente vulnerable a una variedad de enfermedades como el sarampión, la tos ferina, la disentería y las afecciones respiratorias. Con el estado de debilitamiento generalizado y la inaccesibilidad a medicamentos o curaciones tradicionales, estas enfermedades se propagaron rápidamente y resultaron mortales, sobre todo para niños y ancianos.

     "Pasábamos donde hay milpa, donde hay banano. Ahí nos quedábamos y los hombres iban a cortar el maíz y ahí comíamos. Pero los bebés que son pequeños, eso sí era un problema, ellos murieron por desnutrición. La mamá ya no come y tenía que dar de mamar. Cuando moría sólo se abría un poquito de tierra y quedaba nomás. La gente en ese momento no tenía tristeza porque sabíamos que los niños ya se murieron y que nosotros nos íbamos a morir pronto por pedacitos".12 

314.

     Aparte de las enfermedades provocadas por el hambre y el medio hostil las personas que lograron escapar físicamente intactas de la violencia padecían de severos traumas psicológicos y emocionales por haber presenciado un sin número de atrocidades. Estas experiencias se convertían en terror constante, cuyas manifestaciones eran tanto psicológicas como físicas. Cuando salieron huyendo tuvieron sensación de que: "La muerte nos perseguía, era lo único que sentíamos."13 

315.

     En efecto, cuando se caía en el profundo estado de temor y tristeza descrito a lo largo de los testimonios, y más comúnmente referido como "pena" o "susto", las personas se negaban a hablar o incluso a comer hasta que la muerte se las llevaba. La muerte y el miedo llegaron a convertirse en elementos cotidianos de la vida de desarraigo, dando lugar a la amarga aceptación de que muchos no iban a resistir las condiciones del desplazamiento:

     "Los heridos, los ancianos, los enfermos ahí nomás quedaban. Ahí nomás dejamos a mi abuelito, que ya tenía 70 años, aguantó caminar como 15 días ... Le hicimos un velorio, no normal, sino toda la noche, siempre había gente despierta para ver si no viene la patrulla. Lo sepultamos, pero como animal, no llevó caja ni nada, ahí le pusieron un poco de tierra. El cuando ya no podía caminar dijo: 'Ustedes traten la manera de cómo huirse, yo aquí me quedo, yo sí viví un largo tiempo, yo ya aproveché el fruto de mi trabajo, de mi tierra, yo ya he vivido largo tiempo, ustedes son patojos, traten la manera de huirse, y si les toca morir, ahí nos vemos saber cuándo".14 

316.

     Las medidas de precaución que adoptaban los desplazados para evitar que el Ejército los descubriera, por lo general eran efectivas, pero limitaban demasiado su vida cotidiana. Tales medidas variaban: desde realizar poca o ninguna actividad durante el día y cocinar únicamente de noche, hasta vivir en silencio y amarrar el hocico de los animales para evitar cualquier ruido que les pudiera delatar.

317.

Resultaba dramática la necesidad vital de silencio, sobre todo cuando se trataba de niños pequeños:

     "Por la bulla de los niños, la gente no aguanta. Queremos que no ladren los perros, pero qué vamos a hacer con el perro, mejor lo matamos, ni por el perro vamos a morir. La gente empezó a matar a los perros, así no hay bulla. Los niños no se pueden matar. Hasta he escuchado que algunas señoras mataron a sus hijos, le taparon la boca y se ahogó, por el miedo de la bulla".15 

318.

     Al igual que las redes de vigilancia establecidas con la ayuda de la guerrilla la construcción y adecuación de refugios naturales fue una destreza que los desplazados desarrollaron. En San Andrés Sajcabajá, Quiché, la CEH encontró que para refugio se utilizó un sistema de cuevas que fueron excavados de tal forma que poca gente conocía su existencia. Se construían en zig-zag para que el Ejército no las detectara con facilidad. Hacían orificios pequeños para poder respirar y los tapaban con zacate para dejar pasar la luz del sol. En estas excavaciones se guardaba comida, agua y ropa. También podían utilizarse como refugios temporales en casos de emergencia.

319.

     Los grupos de desplazados empleaban estrategias adicionales para defenderse de las incursiones militares. La construcción de trampas en las entradas de los lugares de refugio y las siembras dispersas, a fin de evitar que todo fuera destruido por el Ejército y las PAC, eran otras maneras de protegerse y asegurar la sobrevivencia en la montaña.

320.

La práctica de ceremonias mayas también supuso una forma de buscar aliento para encarar la violencia que amenazaba aniquilarlo todo, así como la persecución y las circunstancias degradantes que ésta producía.

     "Al darnos cuenta que mucha gente estaba muriendo pensamos y decidimos a hacer mayejak.16  Encontrábamos copal pom de la madre tierra. Estuvimos haciendo mayejak todos los días durante un mes, pidiendo que pudiéramos entregarnos sin que nos pase nada. Nosotros rezábamos que si nos quedábamos vivos o muertos, que decidiera Dios".17 

321.

En las estrategias de supervivencia que se practicaron en la montaña, uno de los aspectos que por razones culturales influyó más en el ánimo de los desplazados, fue el de que se trataba de una responsabilidad compartida, de una tarea colectiva.

     "Durante el tiempo que duró la violencia todos los miembros de la comunidad permanecimos más unidos, parecíamos ser de una misma familia, hijos del mismo padre, todos pensábamos en cómo ayudarnos, cómo seguir viviendo o pensando cómo cuidarnos unos a otros. Todo lo hacíamos en forma colectiva y si nos tocaba sufrir, sufríamos todos. Eso sí, les dábamos mayor atención a los niños, ancianos y mujeres que tenían problemas al caminar". 18 

322.

     Pero a la par que se ingeniaban innumerables estratagemas para resistir, las condiciones de la vida diaria en el desplazamiento iban teniendo un profundo impacto en las personas. Esto se evidencia en la reflexión que varios declarantes hacen sobre lo deshumanizante de tal experiencia: para ellos, el modo en que fueron obligados a vivir, alimentarse y cobijarse, y la precariedad de su existencia actuaron como una amenaza no sólo en contra de sus vidas, sino de su dignidad.

     "Nos pusimos muy tristes y nos preguntábamos por qué nos hacían daño. Porque nosotros somos gentes, no somos animales, nuestros compañeros que mataron no eran animales, somos iguales. Es tan sagrada la vida de los que hicieron el daño como la de nosotros ...".19 

323.

     Sobre lo anterior, había también una intención expresa por parte del Ejército para doblegar a los desplazados mediante operaciones psicológicas. Una de estas tácticas fue el uso de volantes con dibujos que mostraban a las personas desplazadas como animales salvajes, con colas y cuernos; estos volantes fueron lanzados desde aviones sobre las zonas montañosas donde había desplazados.20 

     "Ustedes ya no son personas, son animales, ustedes ya están en la montaña, ustedes se mantienen en las manos de la guerrilla, ustedes ya no respetan la ley de Guatemala, ya tienen cachos decían los volantes que [el Ejército] dejan tirados, [nos dibujaban] como ganados, cuatro cachos, de cola, de espinas ...".21 

324.

Por la precariedad y por la constante amenaza de las incursiones del Ejército, muchos desplazados optaron -cuando fue posible- por moverse de nuevo hacia lugares relativamente más seguros, como las comunidades fronterizas de México, los cascos urbanos más próximos o la Costa Sur.

     "Estuvimos entre seis a siete meses en la montaña, no queríamos ir a México. Teníamos cinco perros cazadores en la montaña. El Ejército se guiaba con el ladrido de los perros. Así que un vecino sugirió que matáramos los perros para que el Ejército no los encontrara ... No teníamos nada, tampoco dinero. Nos organizábamos como que 40 a 45 personas para decidir a dónde íbamos. Ya no se podía vivir en las montañas . A cada tres días ... cambiábamos de lugar. Construíamos una champitas de hoja similar al de la bananera porque llovía mucho. No podíamos hacer nuestras tortillas debido al humo. El Ejército venía de helicóptero, bombardeándonos, así que por eso nosotros huimos otra vez con nuestra ropita y nos escondíamos. Así llegamos a México con el Ejército persiguiéndonos".22 

325.

     Si bien para algunos desplazados la huida a la montaña fue transitoria, en determinadas regiones ésta fue la única opción viable, debido en gran parte a los cercos militares y a las limitaciones geográficas que obstaculizaban el movimiento. Según los declarantes del área ixil, la geografía sumamente quebrada al norte de la región impedía la salida hacia México, y la presencia militar establecida en el sur del área a principios de los años ochenta, imposibilitaba el acceso a otras regiones del país. Por estas razones, muchos desplazados ixiles permanecieron en la montaña durante diez años o más. Así mismo en Chimaltenango, el Río Motagua o Pixcayá impedía el paso hacia Quiché o la capital para salvar el cerco sobre la región. Estas circunstancias desembocaron en la concentración masiva de entre dos mil y cuatro mil personas, que incrementó su vulnerabilidad a los ataques militares, descritos en el Capítulo II.23 

     "Ahora la particularidad de Chimaltenango y del sur de Quiché es que no tienen la montaña que tiene el norte de Quiché. Eran desplazamientos de una aldea a otra aldea. Ya no eran de familias, sino de aldeas enteras, hacia otra aldea o a la charralera que le decíamos, por el bosquecito más cercano y permanecer de un lugar a otro, circundar de un lugar a otro en defensa, porque se llega este momento en el cual ya la táctica del Ejército es la tierra arrasada; es decir ya no mirar nada selectivo sino arrasar ...".24 

326.

     Cuando el sufrimiento en la montaña se volvió insoportable, cuando la muerte se volvió omnipresente, la opción de entregarse al Ejército se convirtió en la única opción, pese a que la misma fue contemplada con mucha ambivalencia y desconfianza. Con las amnistías decretadas desde el inicio del Gobierno de facto del general Efraín Ríos Montt, en 1982, nació para los desplazados la posibilidad de implantar una alternativa a la muerte por hambre, susto, bombardeo o rastreo militar en la montaña.25  Pero pocos podían creer que el mismo Ejército que los había perseguido, ahora fuese a ofrecerles abrigo y comida. Asimismo, la decisión de entregarse significaba para muchos renunciar a la esperanza de preservar su vida profunda, su identidad. Hasta ese momento la gente había encarado las secuelas del conflicto armado con mecanismos propios e intuía que al someterse al control militar se despojaría de una parte escencial de su dignidad.

     "Toda esa gente que se resistió hasta un punto ... que en Chimaltenango se le llamó la rendición. Toda esa gente que les decía, en un ambiente de auge de la lucha, pero sobre todo lastimada en su dignidad y en sus aspiraciones. esa gente, no se dejó ...".26 

Las Comunidades de Población en Resistencia

Los que se quedaron en la montaña

327.

     Invariablemente la vida en la montaña obligó a todos los desplazados a recurrir a nuevas formas de vida y trabajo para encarar situaciones límite entre vida y muerte. Se calcula que en torno al 70% de los desplazados internos impulsados por el hambre, la precariedad y las incursiones del Ejército abandonaron los refugios a partir del decreto de amnistía aprobado durante el régimen de facto del general Ríos Montt.27  Sin embargo, hubo quienes continuaron huyendo de la violencia, resistiendo a caer bajo el control militar. Pequeños grupos de desplazados que se alejaban de las aldeas arrasadas, de los rastreos de las tropas y de las capturas, se fueron encontrando a lo largo de la escapada, compartiendo el desamparo y el hambre. Empezaron a unirse por la cruda necesidad común de sobrevivir, principalmente en tres áreas del país: las tupidas montañas del área ixil, las cálidas tierras de la cooperativa de Ixcán Grande y la selva de la Sierra Lacandona en el occidente de Petén.28  Con los años, estos asentamientos se autodenominaron Comunidades de Población en Resistencia (CPR), resaltando su carácter de población civil que se negaba a ser subyugada por el control militar.

328.

     Un informe de la Organización de Estados Americanos (OEA), al tratar el desplazamiento, apunta que a principios de los ochenta: "la vida de cincuenta mil personas que buscaban refugio en las selvas y en las montañas del norte de Quiché se desarrolló en condiciones materiales infrahumanas pero a la vez creando un profundo vínculo organizacional. Una década después, aproximadamente, la mitad se mantenía aún allí. Las ofensivas del Ejército entre Amachel y Sumal, entre 1987 y 1989 hicieron salir de allí a unas cinco mil personas. Posteriormente otras se establecieron por su cuenta fuera de las CPR, al norte de Uspantán. A mediados de 1992, según información de representantes de las CPR, quedaban unos 17 mil habitantes de las CPR de la Sierra y unos seis mil en Ixcán, o sea un total aproximado de 23 mil".29  En Petén el número de personas que conformaban las CPR llegó a seis mil.

329.

     Por el tiempo que perduraron y la gran cantidad de gente que aglutinaron, las CPR representan en el tiempo una experiencia crucial de quienes se vieron forzados a desplazarse a la montaña. Su implantación resalta cómo las estrategias de sobrevivencia se entendían no sólo como mera subsistencia física, sino como unidad familiar o como factor de identidad cultural y comunitaria, que conllevó la determinación de resistir:

     "Hemos sufrido bastante, hemos conocido las bombas de 500 libras que se mueve la tierra y destruido la selva, hemos resistido, hemos vivido pero hemos sufrido bastante ...".30 

330.

     El concepto de resistencia normó el respeto y la solidaridad de cara al conflicto para los pobladores de las tres CPR. No obstante, cada CPR se conformó bajo condiciones que variaban entre ellas y que definieron su lucha. Las CPR en Ixcán son herederas del espíritu de la Cooperativa Ixcán Grande. Por la historia de ésta, muchos se quedaron; no querían perder su tierra y la cohesión que habían tenido en la época de la cooperativa:

     "¨Por qué no ir al refugio? Yo abrí la Biblia y leí en el Antiguo Testamento del Exodo, de la salida de Israel. Dios está presente con el pueblo y me hizo una llamada de mi pensamiento. Sí voy a Campeche y Quintana Roo pero si hay gente decidida a quedarse, mejor me quedo a hacer algo en la tierra de Ixcán, me quedo a colaborar con mis hermanos, hay que quedarse a defender la tierra. Si otros se hubieran ido me voy".31  331.

     En cambio, la población de CPR de la Sierra fue arrinconada por el cerco de las tropas que controlaban el área ixil, la zona militarizada del Ixcán al norte y las condiciones geográficas -en particular el ancho y profundo Río Xaclbal- que impedía la salida de la población hacia México u otras zonas del territorio nacional. Ante la falta de salida, la "resistencia" era obligada. La población se aferró a lo único que no había sido destruido por la guerra: su deseo de vivir.

Nuevas estrategias de sobrevivencia: organización, solidaridad y educación

332.

     En las CPR de la Sierra y de Ixcán se convocaron asambleas generales con representantes de todos los grupos refugiados en la montaña para empezar a tomar decisiones con carácter colectivo y fortalecer la resistencia a las incursiones militares. La organización en la resistencia empezaba con la división de la población en grupos cuyo tamaño suponía un elemento estratégico en el desempeño de labores de producción y en la defensa de la vida. En Petén se conformaron núcleos de tres a cinco familias que se turnaban para cocinar y cultivar. En Ixcán veintisiete comunidades se unieron en cinco grupos grandes, de 50 a 100 familias cada uno, para tener mayor control y mejores recursos para la vigilancia.

     "Se hicieron comunidades más grandes para tener más gente de vigilancia y que hubiera más seguridad".32 

     Era más fácil organizarse para el trabajo colectivo con grandes grupos y "el nuevo sistema permitió evitar capturas".33 

333.

     En Ixcán la primera asamblea, realizada en 1983, eligió el Comité de Emergencia de los Parcelarios de Ixcán (CPI), compuesto por cuatro miembros y posteriormente siete que "manejaban el terreno y eran los que guiaban a la comunidad".34  Además el CPI actuaba comos árbitro en los conflictos internos de las comunidades. La estructura organizativa de las CPR en todas las regiones se sustentaba en la división de trabajo y la coordinación de éste, así como en la toma de decisiones, a diferentes niveles, por los comités. Esta caracterización organizativa recuerda el funcionamiento de las estructuras locales de la guerrilla -como los FIL y las CCL- que obedecían también a condiciones de precariedad y de constante peligro mortal. En las CPR el éxito que logró la aplicación de este tipo de organización se debió en gran parte a la tolerancia y la solidaridad que existieron en el desplazamiento. Sin embargo, la resistencia y las destrezas para sobrevivir, desarrolladas bajo la persecución ininterrumpida en la montaña salvaron vidas, pero no contrarrestaron la escasez ni el terror producidos por la violencia:

     "Cuando salíamos para otro lugar, salíamos en emergencia, de noche sin luz, sin fuego, sin comida, para ubicarnos en otro lugar en la montaña. Tenemos que sufrir bastante, a veces no comemos, mucha lluvia, mucho lodo en la selva, a veces dos, tres días sin comida, pero hemos aguantado la represión, la situación de la guerra, hemos sufrido y cuando el Ejército encontraba nuestra champa decía: 'Ahí estaba el campamento de la guerrilla'. A veces no podíamos recoger nuestro nylon, nuestras cosas, porque estábamos en emergencia con el Ejército a quince minutos [de distancia]. La lámina que teníamos la macheteaba. Teníamos algunos pollos, los dejan todos matados ... Ocho emergencias al año. En el 87 fue cuando más sufrimos ...".35 

334.

     Aunque las CPR se conformaron como zonas de refugio para mantenerse fuera del alcance del Ejército, eventualmente los rastreos de soldados y patrulleros llegaron a penetrar las áreas donde la gente había vuelto a reconstruir sus vidas. Para estas emergencias fue necesario volver a encontrar refugios temporales, lejos de las comunidades, así como diversificar aun más las fuentes de alimentación: "Se hicieron cultivos que no tienen enemigos en la naturaleza como el melocotón, la caña, el camote. La gente se puso a cazar".36 

335.

     La alimentación fue uno de los principales motivos por los que todas las personas refugiadas en la montaña se organizaron. La población de las CPR emprendió medidas innovadoras para proteger de manos destructoras las siembras de maíz y frijol que había logrado cultivar:

     "Por eso sembramos tres o cuatro pedazos en varios lugares diferentes, distanciados. Sembramos de cien a 180 cuerdas en cada pedazo. El Ejército destruye una o dos partes pero queda la otra. Así pasamos hambre, no por gusto, sino porque el Ejército macheteaba nuestro trabajo".37 

336.

     En Petén se fundaron "aldeas móviles" con capacidad de sostenerse aun cuando los ataques militares las obligaron a desplazamientos continuos; lograron sobrevivir la contundente ofensiva militar de 1991 sembrando maíz, frijol y aprendiendo a comer la vegetación selvática.38 

337.

En la CPR de la Sierra el papel que desempeñaron los "permanentes" -es decir, los moradores que por razones no vinculadas con el enfrentamiento armado y previo al mismo se habían asentado en las zonas donde más tarde se consolidaron las CPR- fue vital para recibir y acoger a la población que llegaba huyendo de la violencia.

338.

Ciertos antagonismos que existían en la población antes del conflicto armado fueron superados ante el acoso de la muerte y la necesidad de sobrevivir:

     "Dentro de nosotros hay carismáticos y evangélicos, ya no podemos hacer contradicción. Vamos a trabajar juntos, a vivir juntos y a rezar juntos para protegernos del enemigo. Cada domingo teníamos celebración bajo la montaña. Ya no hay contradicción. Cada Iglesia tiene su modo de orar y debemos respetar". 39  339.

     En el caso de las CPR de Ixcán las capacidades de organización y de sobrevivencia se debían en buena medida a la estructuración social y a la veteranía organizativa acumulada por sus miembros durante sus años de la cooperativa. Y esas capacidades fueron potenciadas en gran parte por la influencia y el apoyo del EGP y, por otro lado, por el apoyo de la Iglesia Católica. Del EGP, sobre todo en términos políticos y militares, mediante la participación de sus cuadros en la distribución de los servicios y de los sectores. De la Iglesia Católica, en términos socio-religiosos, por la actividad de los catequistas y la presencia de algunos sacerdotes que acompañaron y apoyaron el proceso.

340.

     Si bien el papel de la insurgencia fue instrumental en la organización de las CPR y la sobrevivencia de sus pobladores, algunos declarantes recuerdan acciones punitivas realizadas o apoyadas por la guerrilla contra personas que intentaban salir de las CPR y dirigirse hacia las comunidades controladas por el Ejército, argumentando que ellas podrían delatar así la ubicación de las CPR.40 

341.

     Más adelante hubo posibilidad de crear otros tipos de organización. En 1992, por ejemplo, fue creada la Organización de las Mujeres en la Resistencia (OMR) en la CPR de Ixcán, con el fin de proteger los derechos de la mujer y afirmarse como sujetos participativos en el funcionamiento de las CPR. Si bien la educación formal no siempre había sido accesible en sus comunidades de origen, las CPR convirtió este derecho en un eje central de su vida en la montaña:

      "La educación no faltó durante las condiciones de emergencia. En las emergencias se seguía dando las clases porque los alumnos tenían que ganar su grado: era la responsabilidad de los maestros. Incluso en 1987, cuando hubo la ofensiva del fin del año del Ejército, siguieron las clases" .41 

342.

     Los ataques militares que golpearon a las CPR con la Ofensiva de Fin de Año de 1987 pusieron a prueba las estrategias de sobrevivencia desarrolladas en la montaña a lo largo de casi una década. La resistencia a abandonar las tierras de la cooperativa de Ixcán Grande condujo a que la población refugiada en la CPR de Ixcán enfrentara la violencia a sabiendas que existía la posibilidad de cruzar la frontera hacia México como último recurso.

     "El pensamiento en estos años fue cuidar a los hijos y encontrar la comida, no estábamos pensando mucho en el futuro. En este año 1987 tuvimos entre quince y veinte salidas de emergencia. El Ejército buscaba más a la gente que a la guerrilla. Supe esto porque los helicópteros buscaban a la población y nos quería exterminar. No sé exactamente cuándo terminó la ofensiva, pero mucha gente se refugió en México." 42 

343.

     La contundencia y reiteración de los ataques impulsaron la lucha por el reconocimiento público de las CPR como población civil. Esto serviría para desmentir el calificativo de guerrilleros que les aplicaba el Ejército y comportaba la esperanza de que daría una salida segura del sufrimiento en la montaña. El 31 de enero de 1991 se publicó la Declaración de las Comunidades de Población en Resistencia del Ixcán, la cual sucedió a la publicación que la CPR de la Sierra había hecho en septiembre del año anterior.

     "Las Comunidades de Población en Resistencia de la Sierra, estamos formados por población civil campesina de Guatemala. Somos una parte de la población campesina del país que fuimos desprendidos de nuestros propios lugares, familias, etnias y del resto de la población guatemalteca, a causa de la represión del Ejército contra nuestros pueblos".43  344.

     A partir de 1991 los expertos independientes de las Naciones Unidas se pronunciaron sobre la necesidad de garantizar la integridad física de estas poblaciones y de proporcionar ayuda humanitaria y otros medios de asistencia para facilitar "el proceso de reinserción de esas personas en la sociedad guatemalteca".44 

La búsqueda de refugio en los cascos urbanos

345.

     En general, es difícil precisar con exactitud cuántas personas, a escala nacional, se desplazaron a los cascos urbanos para huir de la violencia, ya que por ser centros de actividad económica y social atraen a muchas personas por distintas razones. Las cabeceras municipales y en mayor grado la capital, ofrecían la posibilidad a las personas para confundirse entre la población citadina y pasar desapercibidas.

346.

     En el departamento de Chimaltenango, el traslado a las cabeceras municipales fue en algunos casos impuesto por el Ejército, en otros fue voluntario. Los pobladores que se desplazaban con cierto margen de autonomía solían tener alguna simpatía con el Ejército, un nivel económico más elevado o eran ladinos. En cambio, para otros, el desplazamiento fue absolutamente forzado y no hacerlo implicaba el riesgo de ser incriminado por las fuerzas contrainsurgentes: "Los soldados les habían dicho que debían abandonar la aldea e irse a vivir a Poaquil, porque si se quedaban eran guerrilleros, por ello él destruyó la casa y se fueron a vivir al pueblo, siete meses vivieron allí".45 

347.

     El desplazamiento hacia los cascos urbanos, incluso en los municipios más aislados del país, se dio en parte porque se esperaba encontrar en ellos algún tipo de trabajo remunerado, por humilde que fuera, posibilidad que ya no existía en las comunidades debido a la destrucción masiva de recursos. De igual modo, los que se desplazaban hacia las cabeceras municipales confiaban en la posibilidad de prestar o alquilar tierras para cultivar. Esta necesidad surgió con la pérdida de tierras cultivables por razones vinculadas con el enfrentamiento armado: estrategia militar de tierra arrasada, usurpaciones, apropiación de terrenos por el Instituto Nacional de Transformación Agraria, ocupaciones por parte del Ejército, creación de los polos de desarrollo e inaccesibilidad a causa de la actividad bélica.

348.

Para muchas de las personas provenientes de zonas rurales lejanas, que a toda costa buscaban huir de la represión en el campo, el desplazamiento hacia las cabeceras municipales era un paso transitorio antes de emprender el traslado a la ciudad capital: con frecuencia, desplazarse en el ámbito local no era suficiente para escapar de la violencia.

     "Nuestra gente fue [de sus comunidades] a desplazarse cerca de su pueblo, Salamá, allí anda lo que se llaman judiciales [el Ejército] los pusieron... para ir controlando la gente por donde va, entonces se formó y van siguiendo, están siguiendo, entonces no tienen qué otra alternativa que agarrar sus tres maletas...".46 

349.

     Algunos estudios realizados en años recientes estiman que el número total de desplazados en la capital oscila actualmente entre 20 y 45 mil personas -en su mayoría mayas- experimentando poco crecimiento o cambio, debido a que la violencia que impulsó estos flujos de desplazamiento disminuyó en una proporción significativa en los años precedentes a la firma de la paz.47  Uno de los estudios sobre desplazados a la capital sostiene que el anonimato y el silencio sobre su historia reciente han sido los principales recursos de éstos en la metrópoli para lograr incorporarse a esa nueva realidad social. Así, en la ciudad de Guatemala han permanecido como un fenómeno anónimo y sin rostro.48 

     "Ellos se desmoralizaron y agarraron rumbo para la capital, siempre ideando, pues de que en la capital hay mucha gente y a través de esa gente se pierde uno, pues entre toda esa gente, porque hay algunos, hasta su vestuario cambiaron, hay algunos otros que sabían un poco la castilla. Como podía lo hacía, porque si hablaba en lengua, ya luego lo trataban de investigar ...".49 

350.

     Si bien el silencio aseguró el anonimato que los protegió de la estigmatización y por ende, de la represión, éste también significó aislamiento social para las personas desplazadas. Este factor añade a la aguda pobreza económica que aún hoy constituye la realidad cotidiana para la mayoría de desplazados establecidos en la capital. Según los testimonios recogidos, las personas difícilmente superan el precario nivel de vida que enfrentan desde su primer día en la ciudad. La vivienda en asentamientos precarios, el desempleo y los ingresos mínimos que logran ganarse cuando se consigue trabajo señalan condiciones básicas que perpetúan los efectos devastadores de la violencia, aunque ya no exista la represión política de forma directa. Pero al no querer reconocer abiertamente su situación de desamparo ni la propia historia de desplazamiento ante las instituciones estatales de asistencia, las familias desarraigadas no pueden beneficiarse del escaso apoyo material que se ha ofrecido en distintos momentos.

351.

     En años recientes, organizaciones representativas de la población desarraigada como la Coordinadora Nacional de Desplazados de Guatemala (CONDEG), encabezadas en gran medida por personas que fueron líderes en sus comunidades de origen, plantean con firmeza el deseo de permanecer en la ciudad y la necesidad de apoyo para poder hacerlo. La particularidad de no querer regresar a sus comunidades con carácter definitivo contrasta con las demandas de los desarraigados que han permanecido en zonas rurales, cuyo anhelo principal es volver a ocupar las tierras que les pertenecían antes del enfrentamiento armado. Esta diferencia de prioridades realza la variedad de procesos que se dieron desde el momento en que la gente hubo de abandonar sus comunidades marchando hacia un futuro incierto, tanto como la transformación que produce la ciudad, el hecho urbano, en los migrantes que llegan a ella.

Refugiados en México

352.

     Aproximadamente 150 mil personas buscaron la seguridad en México. De este total, cerca de la tercera parte se ubicó en campamentos (véase Cuadro 1) y contó con el reconocimiento del estatus de refugiado por la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Los flujos principales se conformaron con grupos familiares, aunque en algunos casos hasta niños solos llegaron al refugio, por haberse separado en la huida de otros miembros de sus familias. Muchas veces los ancianos no aguantaron las penalidades del camino, pero también en ciertos casos se negaron a salir de sus comunidades. La mayoría de los refugiados provenía de los municipios y regiones fronterizas (Véase Apéndice 3). Aproximadamente un 86% pertenecía a las comunidades mayas (Véase Cuadro 2). Se estima que unas 50 mil personas se constituyeron en refugiados dispersos en Chiapas, mientras que otras se trasladaron a la capital mexicana o a otras ciudades de aquel país.

CUADRO 1

Refugiados reconocidos en México, repatriación y retorno voluntario por año

(1981-1996)

Refugiados guatemaltecos contabilizados por ACNUR en México Repatriación y retorno voluntario a Guatemala asistido por ACNUR; procedentes de:
Año Reconocidos México Otros países Total
1981 1982 1983 1984 1985 1986 1987 1988 1989 1990 1991 1992 1993 1994 1995 1996 3,000 35,000 40,000 43,100 45,000 45,000 45,000 43,700 43,700 45,410 49,030 49,850 44,600 42,900 35,700 32,600 700 199 360 847 1,921 988 750 1,350 1,712 5,061 5,971 9,503 3,974 17 175 12 5 70 415 7 32 47 21 44 700 199 377 1,022 1,933 993 820 1,765 1,719 5,093 6,018 9,524 4,018
Total 33,336 845 34,181

     Fuente: Informes anuales internos del ACNUR. Para algunos años, los refugiados reconocidos incluyen los que fueron reconocidos y asistidos en el área de México D.F. (alcanzando su cifra máxima de 2,500 en el año de 1993) y refugiados dispersos en Chiapas, no asistidos pero registrados (alcanzando su cifra máxima de 2,600 en el año de 1991). Los factores que influyen en los totales de cada año después de 1984, cuando dejaron de llegar refugiados a México, son: nacimientos, defunciones, repatriación y otras salidas.

CUADRO 2

Composición étnica de los refugiados reconocidos en México, 1990

ETNIA PORCENTAJE
Q'anjob'al 39 %
Mam 21 %
Chuj 9 %
K'iche' 9 %
Q'eqchi' 3 %
Jakalteko 1 %
Kaqchikel, Ixil, otros 4 %
Ladino 14 %

     Fuente: Gobierno de México, "Informe sobre los avances en la ejecución del plan de acción concertada a favor de refugiados, repatriados y desplazados centroamericanos". CIREFCA/CS/90/4, Abril 1990. Sobre base de un total de 41 mil 500 refugiados que aún recibían asistencia por parte de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) y del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, (ACNUR).

353.

     Debe destacarse que, como se ha visto en el caso de los desplazados internos, la gente tomó decisiones diferentes en distintos momentos. Además, no todos los afectados se refugiaron en las áreas fronterizas. Algunos optaron por no irse, a pesar del riesgo mayor de ser desplazados a zonas de conflicto. Hubo también familias que pasaron directamente a territorio mexicano, mientras otras tardaron meses o hasta más de un año resistiendo como desplazados internos antes de cruzar la frontera; y otras más que, abrumadas por las enfermedades, la falta de comida y la aglomeración en los asentamientos ubicados en territorio mexicano, resolvieron regresar de inmediato para buscar otro lugar seguro dentro de Guatemala.

Comenzando la vida al otro lado de la frontera

354.

     La condición física de los refugiados al cruzar la frontera y llegar a su primer destino estaba en extremo deteriorada a causa de meses de tensión y fatigas, no sólo por las inacabables vicisitudes del viaje, sino por la ruptura de sus comunidades y la dislocación de su economía. Era peor aun si se habían refugiado por meses en la montaña antes de cruzar al otro lado. Tal fue el caso de los refugiados que llegaron en los últimos meses a los campamentos en la Selva Lacandona, colindante con Barillas e Ixcán, de 1982, cuando la comida se acabó y la población se cansó de permanecer escondida.

     "Llegaron allá en un estado anémico, con desnutrición y cansancio extraordinario, era un grupo de familias que llegaban de las cooperativas, que habían huido de sus poblados en mayo del mismo año. O sea, desde el mes de mayo hasta el mes de octubre estuvieron recorriendo la selva, buscando formas de pasar a México, sin lograrlo, porque siempre había obstáculos en el camino, perseguidos por los militares ... se alimentaban básicamente de raíces, frutas y hojas. Su estado era dramático ... Una semana más tarde (en el campamento de Puerto Rico) ya habíamos enterrado cerca de cien de ellos, sobre todo los niños, los niños se nos morían como moscas".50 

     "En el campamento de Puerto Rico Chiapas, fronterizo con Ixcán ... 45 niños y 14 adultos murieron de hambre".51 

355.

     En el mismo campamento se documentó un promedio de dos muertos diarios, es decir, 180 muertos en tres meses a finales de 1982.52  En Pico de Oro, otro campamento de la Selva Lacandona, entre el 26 de octubre y el 30 enero de 1983:

     "Teníamos 105 muertos entre niños y adultos en cementerio ... un compañero que es registrador civil ... [apuntó] las defunciones, provocadas, básicamente por desnutrición y enfermedades resultantes".53 

356.

     Las mermadas condiciones físicas de los refugiados que acababan de llegar no pudieron ser atendidas en seguida en los puntos de arribo. El aislamiento de las áreas fronterizas de Chiapas, donde se asentó la mayoría de refugiados, fue el principal factor agravante. Estas áreas eran inaccesibles y, por su ubicación, las autoridades mexicanas las consideraban de seguridad nacional. Por lo tanto, no siempre se supo inmediatamente del ingreso de refugiados en las comunidades mexicanas ni hubo mecanismos seguros de acceso o abastecimiento para cubrir los pocos esfuerzos de asistencia básica, organizados principalmente por instancias ligadas a la diócesis de San Cristóbal de Las Casas. Por otra parte, la asistencia que llegó resultó insuficiente a causa del creciente flujo de refugiados. En consecuencia, hasta 1983 por lo menos, hubo escasez de todo en la mayoría de sitios.

     "Cuando llegamos a Río Azul [campamento en Chiapas, colindante con Barillas] dormimos en un potrero, juntos con los animales, bajo un chorro de agua. Cada quien tenía que ver cómo defenderse la vida. A veces vinieron los mexicanos a regalar un poco de comida, pero aparte de eso no teníamos nada. Era mucho lo que sufrimos hasta que nos enfermamos todos por causa del sufrimiento. Llenamos un cementerio allá. Cada día murieron gente de diarrea, vómitos, calentura, escalofrío y paludismo. Era una gran enfermedad que causó mucha muerte, sobre todo de niños y ancianos".54 

357.

     Abundan las referencias sobre la forma en que las comunidades mexicanas acogieron a los refugiados en su hora de necesidad más dramática. Muchos refugiados se dirigieron a los lugares donde, por tradición migratoria laboral, tenían amistades y hasta familiares, pues de hecho se trata de una frontera históricamente fluida. Mención especial merece la solidaridad por parte de los indígenas mexicanos:

     "Debe reconocerse ... que la solidaridad espontánea de las comunidades mexicanas, sus propias organizaciones y en especial, la labor de la Iglesia, respondieron de inmediato a las urgencias de los primeros momentos. El apoyo gubernamental e internacional llegó un poco después cuando la realidad se impuso".55 

358.

Efectivamente, el ACNUR, responsable eventual de los refugiados guatemaltecos ante la comunidad internacional, no pudo formalizar su presencia en México sino hasta octubre de 1982, tras la firma de un Acuerdo de Sede con el Gobierno.

Las presiones para reubicarse

359.

     Una vez en México, los refugiados no se internaron demasiado en el territorio vecino. Querían estar cerca de su tierra, de sus cultivos y de los familiares que habían dejado. La mayoría creía que su ausencia duraría unas pocas semanas.

360.

     Entre los factores más importantes que al comienzo de esta nueva situación causaron el alejamiento de los refugiados de la línea fronteriza estuvo el temor por su seguridad física, relacionado tanto con las incursiones del Ejército guatemalteco hacia los refugiados en los primeros momentos (véase datos en Capítulo II), como con la política del Gobierno mexicano al principio del refugio. En mayo y junio de 1981, cuando entraron en México los primeros grupos grandes, casi 2,400 personas fueron deportadas. Con frecuencia, la deportación significó caer en manos del Ejército y sufrir innumerables vejaciones. Un ejemplo es lo acontecido a los miembros de la comunidad de El Mango, Petén, deportados el 28 de mayo; varios de ellos sufrieron crueles torturas y otros fueron asesinados por miembros del Ejército durante los seis meses siguientes.56 

361.

     Por otra parte, llegó un momento en que los refugiados entraron en competencia por los escasos recursos existentes en Chiapas, a medida que su estancia se prolongaba. Se difundió una supuesta baja salarial en el trabajo agrícola en las áreas donde la mano de obra guatemalteca estaba permanentemente disponible.

     "En Chiapas, en los ejidos, los refugiados viven con terreno para vivir y a veces para cultivar a cambio de ser mano de obra disponible y barata para la cosecha de café ... En tierras privadas ... [los refugiados] se ven en la obligación de trabajar por menos del salario mínimo a cambio de un pedazo de tierra y del derecho de aprovisionarse de agua y leña".57 

362.

     Si bien algunos buscaron por su cuenta dónde asentarse, poblaciones enteras fueron reubicadas por el Gobierno mexicano dentro de Chiapas y, a partir de 1984, en asentamientos en Campeche y Quintana Roo. En abril de ese año, la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) anunció el plan oficial para reubicar en Campeche y Quintana Roo a todos los refugiados que estaban en Chiapas. Por un lado, las violaciones territoriales por parte del Ejército de Guatemala continuaban, con un alto costo político y de vidas.58  Por otro, el incipiente proceso de paz en Centroamérica y el papel de México como miembro de los países del Grupo de Contadora que fomentaban esta iniciativa, hizo que el Gobierno mexicano decidiera trasladar a los refugiados de la frontera para eliminar así los eventos real o potencialmente conflictivos que se derivaban de la cercanía de los lugares de refugio con el país de origen.

363.

     La mayor parte de la población refugiada se resistió a la reubicación en estos dos Estados de la península de Yucatán. El irse lejos desvanecía la ilusión de un pronto regreso a Guatemala y a la vida de antes de la guerra. También las relaciones sociales con los campesinos mexicanos y hasta de parentesco con algunos de ellos eran razones importantes para quedarse en Chiapas.

364.

     Al final del período de apoyo intenso de la reubicación,59  18 mil de los 46 mil refugiados fueron trasladados de Chiapas a Campeche y Quintana Roo, quedando en la práctica vacía de refugiados la zona fronteriza colindante con áreas aún conflictivas en Guatemala. Sin embargo, hubo familias que salieron de los campamentos reconocidos, para vivir dispersas aprovechando oportunidades de trabajo que surgieran. Se estima que entre 2,000 y 4,000 personas que se negaron a aceptar la reubicación permanecieron en la zona de Marqués de Comillas (municipio mexicano de Ocosingo), fronterizo con Ixcán y Petén.

El anonimato como opción: los refugiados dispersos

365.

     Mientras la población que habitaba en las zonas fronterizas de Petén, Quiché y Huehuetenango se agrupaba en el nororiente de Chiapas, principalmente entre 1981 y 1983, hubo otros movimientos de refugio que procedían de San Marcos, Huehuetenango y Quetzaltenango y que llegaron al sur de ese Estado mexicano y tomaron la modalidad de comportarse como una población dispersa. En 1984 se estimó que había hasta 50 mil refugiados dispersos, aunque esta cifra descendió a medida que el proceso de desplazamiento alcanzó otras partes de México o de los Estados Unidos, y también por las repatriaciones que, con o sin apoyo institucional, se fueron produciendo. 60 

366.

     La dispersión de su asentamiento los dejó sin el amparo de la documentación legal y sin la asistencia de las instancias específicas, aunque compartían las mismas características "de origen" de los refugiados reconocidos y cumplían, según el ACNUR, "los criterios para ser considerados como refugiados [pero] no han sido identificados y, por lo tanto, no se les ha reconocido formalmente dicha condición".61 

367.

     Aunque no todos resultaron dispersos por las mismas razones -algunos quedaron atrapados en México al estallar el enfrentamiento y otros, al huir en grupos pequeños, lograron mimetizarse con rapidez entre la población mexicana-, los refugiados que adoptaron esta condición tenían en común considerar como una ventaja el que las instituciones de atención a refugiados no los documentaran, ya que esto reforzaba sus posibilidades de volver a Guatemala sin "quemarse" como tales. A este beneficio hay que agregar los que identificaron aquellos que se negaron a trasladarse a los campamentos de Campeche y Quintana Roo. No obstante, eran ciertos los riesgos de no portar documentación, pues esto fomentaba la explotación laboral y dificultaba la incorporación de los hijos a la escuela.

368.

Sin embargo, los refugiados guatemaltecos dispersos dispusieron de la posibilidad de ser "reconocidos por efectos de repatriación o retorno" por el ACNUR en el momento de regresar a Guatemala, y consecuentemente recibieron el apoyo, tanto de Naciones Unidas como de los Gobiernos de México y Guatemala, para su traslado.

La vida organizada en los campamentos

369.

     Las primeras épocas del refugio, los momentos desgarradores del traslado a los campamentos de Quintana Roo y Campeche y los dos o tres años difíciles de asimilación de este desplazamiento, precedieron para los refugiados guatemaltecos en México varios años de relativa estabilidad, al menos en lo que al aprovisionamiento básico asegurado se refiere. Tanto el Estado mexicano como el ACNUR y otras instancias internacionales y de solidaridad hicieron esfuerzos para que esto fuera así. Pasados los momentos de lucha por preservar la vida, la necesidad de continuar se impuso.

370.

     Para preservar la vida el desarraigo obligó a momentos de soledad, anonimato y ensimismamiento, tanto como a la relación con quienes, en circunstancias normales, quizá nunca se hubiera tenido trato. El refugio en México reúne gran cantidad de experiencias en los dos sentidos. Para los refugiados dispersos en Chiapas el ensimismamiento y el anonimato fueron dominantes. Para los habitantes de los grandes campamentos la relación con miembros de muchos otros grupos étnicos, tanto como con ladinos guatemaltecos y mexicanos de diversas etnias, fue probablemente el rasgo fundamental, comparable tal vez para algunos refugiados con sus experiencias pasadas como migrantes temporales en la Costa Sur o como colonizadores en la frontera agrícola de Ixcán y Petén. Pero a diferencia de aquellas experiencias vividas en Guatemala, este convivir en la diversidad se hizo cotidiano y generalizado.

371.

     Quizá una de las más importantes constataciones que hicieron los refugiados fue la masividad del fenómeno de desarraigo que sufrían, reforzado al pasar los días y los meses, con el compartir el recuerdo de hechos atroces. Quienes vivieron esta experiencia en el refugio la califican como algo muy positivo y aseguran que representó una apertura hacia la unión y la solidaridad. Socializar la experiencia de la violencia y la huida ayudó a esta población a no sentirse sola ni única al haber sido afectada por ella. Este descubrimiento permitió a muchos vislumbrar que el refugio no era un "castigo" por su actuación personal, sino un fenómeno amplio que afectó a miles de mayas y no mayas. Una refugiada ha dicho: "Me sentía orgullosa de conocer otros grupos, otras etnias".62  En este sentido:

     "El municipio dejó de ser la unidad social básica como lo era en Guatemala, para ampliarse inicialmente el grupo de referencia a la comunidad lingüística. El exilio ha hecho tomar conciencia a los refugiados de las similitudes culturales, esclareciendo su situación cultural, étnica y política. La reflexión sobre el pasado y el futuro ha ampliado sus puntos de referencia al grupo lingüístico y, más allá de éste, a la comunidad refugiada".63 

372.

      Esta masividad, por otra parte, se manifestó en los grandes campamentos, tanto los de Chiapas como los de Quintana Roo y Campeche, que agruparon a centenares de familias, las cuales en muchas ocasiones habían habitado pequeñas aldeas de población dispersa. La organización de la vida en estos campamentos reflejó las necesidades administrativas y burocráticas de la COMAR y al mismo tiempo los lazos de identidad de diferentes grupos de refugiados. Así, las unidades más grandes, los módulos, respondieron más a la organización de la COMAR, mientras que los grupos de los módulos tendieron a reproducir algún antecedente común de las familias que los componían, como el idioma, el municipio de origen en Guatemala o la convivencia ordinario previa en Chiapas. El caso de los refugiados procedentes de Santa María Tzejá, Ixcán, Quiché, es ilustrativo de un grupo que en el refugio se mantuvo unido dentro de un mismo campamento. En el otro extremo aparecerían multitudes de casos múltiples de personas y familias que no volvieron a ver a gente de su comunidad a lo largo de muchos años.

373.

     En contraste con los desplazados internos, que por mucho tiempo se mantuvieron aislados en las zonas selváticas o en el anonimato hallado en los espacios urbanos, los refugiados en México, y especialmente los que se mantuvieron dentro de los campamentos, pudieron hablar y contar su historia. Esto permitió un desarrollo específico de las posibilidades de saneamiento, organización, planteamiento y reivindicación. Por esta vía muchos refugiados experimentaron una ampliación de su horizonte, una apertura al mundo de las ONG, los organismos multilaterales y las oficinas estatales, entes desconocidos por ellos hasta entonces.

374.

     Casi desde los primeros tiempos en Chiapas los refugiados buscaron asegurar la educación de sus hijos e hijas, haciéndolo en un principio por sus propios medios, a través de promotores educativos que surgieron entre ellos mismos. Más adelante, en los campamentos definitivos, la educación continuó siendo prioritaria y los procesos de enseñanza continuaron en manos de los refugiados, aunque apoyados por el sistema mexicano. Esta prioridad otorgada a la formación de los jóvenes de ambos sexos y el correspondiente esfuerzo por lograrlo deben subrayarse, sobre todo si se toma en cuenta que en muchos casos se trataba de población oriunda de comunidades donde con frecuencia no había tenido acceso a la escuela, o que privilegiaba el acceso de los varones.

375.

     Desde los campamentos situados en la península de Yucatán se hizo posible el trabajo en actividades económicas tradicionales, como la agricultura, pero también en tareas no tradicionales en los lugares de origen, como fueron las actividades en la construcción y en los servicios en el centro turístico de Cancún, buscados muchas veces por los adolescentes, o el trabajo doméstico en casas de Mérida y Campeche, adonde las mujeres se acercaron con frecuencia. Comprobar de estas posibilidades de ocupación comportó en no pocos casos la experiencia paralela de la discriminación y de nuevo el anonimato cuando se salía del estado en que se ubicaba el campamento.

376.

     Las organizaciones de mujeres florecieron en los refugios mexicanos, en contraste con el escaso desarrollo que habían tenido en las comunidades de origen. La apertura, la modificación de roles y la ruptura de las barreras sociales tradicionales a los que forzó la emergencia, favorecieron la comunicación entre mujeres de diverso origen y experiencia, y también el desarrollo de sus respectivas organizaciones, que con el tiempo y el apoyo de entidades como el ACNUR, evolucionaron frecuentemente hasta plantearse reivindicaciones de género: "A través de un largo y difícil viaje, las mujeres refugiadas guatemaltecas han sentido que sus mundos e ideas se transformaban a lo largo de los 15 años que pasaron en exilio en México".64 

377.

     El apoyo específico apostado por varias ONG y el ACNUR buscaba promover las organizaciones de refugiadas e iniciar la reflexión sobre autoestima, derechos básicos y la condición de género, identidad étnica y ubicación social. También hubo programas de alfabetización, salud reproductiva y derechos en el contexto de la violencia doméstica. Eventualmente, las mujeres participaron en las decisiones de sus comunidades ejerciendo una gestión directa sobre algunos recursos comunitarios y tierras. Las mujeres organizadas apoyaron el movimiento de retorno de los refugiados que encabezaban los hombres, pero también tenían claro que debían: "continuar el desarrollo de nuestras propias formas de organización ... volverse activas en los proyectos nacionales y sociales, en donde la mujer tiene el rol activo que debe ser nuestro junto con los hombres ...".65 

378.

     A pesar de estos apoyos, construir un proyecto personal de vida a largo plazo fue sumamente difícil para muchos refugiados, debido a la ausencia de los referentes comunitarios y familiares que constituyen pilares fundamentales para tal construcción. A esta ausencia se añadía la imposibilidad de estimar el tiempo que se estaría en el refugio. Como ya se apuntó, al principio se pensaba que se volvería a suelo guatemalteco en cuestión de pocas semanas; pero para muchos, el período de refugio duró 14 o 15 años y en algunos casos, tal condición está vigente todavía. A la inestabilidad relacionada con no poder estimar el plazo de la situación transitoria del refugio se añadía, a la vez y en no pocas ocasiones, la incertidumbre sobre la suerte del o de la cónyuge y de los hijos. ¨Cómo rehacer una vida familiar en esas condiciones?

El papel de las organizaciones de la URNG y los refugiados en México

379.

     La población refugiada era considerada por la guerrilla como aliada potencial y natural pues casi la totalidad de sus integrantes había huido por la represión directamente o por temor al Ejército, y muchos habían tenido alguna participación en la movilización social de los años setenta. La relación entre las organizaciones insurgentes y la población refugiada fue, sin embargo, cambiante e inestable.

380.

     En el caso de cruzar o no la frontera la guerrilla orientó la decisión que tomaron diferentes comunidades en la medida que guardaba una relación orgánica con las mismas. Y aun así, tales orientaciones no necesariamente fueron el factor decisivo, pues ante situaciones extremas la población hubo de aportar sus propias decisiones. En Ixcán, donde había familias que se debatían sobre la conveniencia de quedarse en sus parcelas o cruzar a México, la orientación al principio fue permanecer en sus aldeas, pero cuando se agotaron los alimentos, el conflicto se intensificó y la población se quedó sin capacidad para continuar resistiendo en la selva, la guerrilla, varió entonces su postura e indicó la conveniencia de salir hacia México.

381.

     Si bien es cierto que las organizaciones de la URNG mantuvieron alguna base social constante entre la población que había huido a México, también lo es que la mayor parte de los refugiados mantuvo un importante grado de autonomía en relación con aquéllas. La complejidad de la relación con la URNG se hizo evidente en los momentos de asumir las grandes decisiones: cruzar o no la frontera para refugiarse, aceptar o no el movimiento para distanciarse de la frontera, ya en el lado mexicano; sobre todo, la negociación del retorno. Los procesos de mayor armonía entre la población refugiada y las organizaciones de la URNG estuvieron relacionados con la organización de la vida en el refugio, la búsqueda destinada a garantizar lo necesario para vivir, el sentido de la vida cotidiana.

      La decisión de retornar: cómo, cuándo, a dónde y con quiénes

382.

     Con la asesoría de la URNG y luego de una serie de asambleas, a finales de 1987 se formaron las Comisiones Permanentes de Refugiados en México (CCPP) en los Estados de Campeche, Quintana Roo y Chiapas. Para esas fechas la discusión principal giraba en torno al tema de la forma que debería encauzarse el retorno. De allí el gran debate público entre los méritos del "retorno colectivo y organizado" bajo la dirección de las CCPP y la "repatriación individual".

     "Hubo familias que ya habían comenzado su repatriación por su propia cuenta, sin seguridad. Vimos la necesidad de organizarnos en las Comisiones Permanentes, nombrar a nuestros representantes, hacer visitas al país y dar información sobre los miles de refugiados que están afuera ... Los sectores que más se manejaron por orientación de la URNG fueron las Comisiones Permanentes. A los demás se les daba su recomendación para que siempre se siga hablando de la lucha, de la guerra, para que no se olviden, porque si no, no van a querer seguir apoyando la guerra ... El primer retorno se dio bajo las orientaciones de la URNG".66 

383.

     Se puede hablar de varias tendencias entre la población refugiada desde finales de los años ochenta hasta mediados de los noventa, con respecto al retorno. En primer lugar, hubo un grupo importante que optaba por permanecer en México, amparado en la decisión de su Gobierno de emprender programas especiales que permitieran la naturalización de los refugiados guatemaltecos que no desearon retornar a su país. Entre la mayoría de la población que quería regresar a Guatemala, figuraban los decididos a hacerlo a toda costa, con independencia de la decisión tomada por otros grupos de refugiados; contaban también los que querían regresar con las CCPP por los principios que éstas representaban (garantías básicas para todos, tierra para los sin tierra, acompañamiento internacional); asimismo, los que integraban un sector que, constituyendo probablemente una mayoría importante, se comprometían con las CCPP por un interés específico.

384.

     La estrategia, muy humana y práctica, de muchos refugiados consistía en apuntarse simultáneamente a las distintas opciones. Así que no era inusual que una misma familia se inscribiera en dos o tres grupos de retorno (negociando tierras distintas), a la vez que informaba a la COMAR de su interés en quedarse definitivamente en México. Esto significaba que la decisión de retornar o no, y a dónde, se reservaba hasta el último instante; en muchos casos midiendo las perspectivas de tierra, la decisión o ubicación de otros familiares y las condiciones del momento en el refugio, comparadas con los rumores sobre cómo podrían ser las cosas en Guatemala.

Refugiados en otros países: Estados Unidos, Honduras y Belice

385.

     La alienación lingüística y cultural, la ausencia de lazos familiares, redes de apoyo, bienes materiales y opciones para la sobrevivencia económica fueron elementos con los que se enfrentaron los refugiados en todos los países que los recibieron. Se estima que hacia finales de 1985 había entre 120 mil y 200 mil guatemaltecos viviendo en Estados Unidos, ubicados sobre todo en los grandes núcleos urbanos del país.