NIÑEZ1
518.
Durante el
enfrentamiento armado guatemalteco un gran número de
niños y niñas sufrieron directamente las violaciones
de sus derechos humanos o presenciaron los hechos que segaron
las vidas de sus familiares más cercanos. Como resultado,
sus vidas experimentaron un giro extraordinario que los marcó
tanto en su temprana edad como en su vida adulta. Su indefensión
hizo también que la niñez fuera afectada de
forma diferente respecto a otros sectores de la población,
significativamente los que se hallaban en la etapa de la primera
infancia y que en el momento de los hechos dependían
por completo de sus progenitores.
519.
En lo social
las repercusiones del enfrentamiento armado se desprenden
de la ruptura familiar y comunal que afectó las redes
normales de protección de los infantes basadas en su
propia cultura y comprensión del desarrollo de los
niños.2
La vulneración del espacio familiar, la agudización
de la pobreza, la utilización de los edificios escolares
como destacamentos del Ejército, la participación
obligada de jóvenes en las PAC y el reclutamiento,
tanto de las tropas regulares como de la guerrilla, cambiaron
los esquemas sociales existentes en las comunidades antes
del enfrentamiento, provocando que los niños se vieran
forzados a adoptar nuevas formas de comportamiento para afrontar
la vida.3
520.
La situación que se vivió y
se recuerda ahora puede resumirse en el siguiente testimonio:4
"A uno le
gustaría ser un niño normal, sin nada de eso,
pero fue difícil vivir así como vivimos ...
Ahorita nosotros miramos a nuestros sobrinos y decimos: cómo
nos hubiera gustado vivir como ellos, sin ninguna preocupación,
como vive un niño ... Imagínate cuando se es
niño, lo que a uno le gusta más es vivir sin
preocupaciones, ir a la escuela, y de pronto que eso le pase
muchas veces lo trauma a uno".5
La ruptura familiar
521.
Los
testimonios recogidos por la CEH dan fe de cómo muchas
familias quedaron desintegradas por la muerte o la desaparición
forzada de uno de sus miembros, o por haberse separado los
parientes en la huida sin que lograran reencontrarse.6
Muchos niños quedaron a la deriva, tuvieron que huir
solos a la montaña, esconderse durante días
en ríos, quebradas o cuevas, o bien fingir que estaban
muertos bajo los cadáveres de sus seres queridos para
lograr sobrevivir.7
"En la masacre
de Ballí murieron mis cuatro hermanos y mi mamá.
Los soldados me dispararon en la cabeza, pero sobreviví
y escapé cuando echaron fuego a la casa donde nos balearon.
Ocho días antes ... los soldados habían matado
a mi papá en Barillas. Por lo tanto mi mamá
se quedaba muy triste y no se animó a huirse entre
la montaña con la demás gente. Nosotros, o sea
mi mamá y mis cuatro hermanos además de otras
personas, habíamos refugiado en la casa de un particular
quien se llamaba Alonso. No sé por qué los otros
no habían salido ... Llegaron dos soldados a la casa
y mataron con balas a todos allí adentro. Una bala
me tocó en el parte de atrás de la cabeza. Salió
mucha sangre y por lo tanto probablemente los soldados pensaban
que yo ya estaba muerto. En cinco minutos todos los demás
ya estaban muertos. Luego los soldados echaron fuego a la
casa y a todas las demás casas de la aldea. Yo me huí
de la casa y me fui a otra aldea. Después me refugié
con los demás de la comunidad entre la montaña,
pero no me acuerdo quién me llevó hasta allá.
Yo tenía siete años".8
"En ese
entonces tenía ocho años, yo era la mayor. Cuando
se los llevaron [a los padres] nos quedamos solitos,
llorando. Mi familia se dispersó. Un hermano vive en
Xela, una hermana enferma vive con él. Estoy triste
por eso ... Sólo quiero que se declare todo para saber
si nuestros padres murieron, sólo la verdad queremos,
no sé si están vivos o muertos".9
522.
El gran número
de huérfanos provocados por el enfrentamiento armado
da cuenta también de esa ruptura familiar. Cifras presentadas
por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF)
estiman que en el país había entre 100 y 150
mil huérfanos, de uno o ambos padres, por causa del
enfrentamiento armado.10
La orfandad significó muchas veces la pérdida
de sus referentes familiares, mayor pobreza y desarraigo.
"Los que
sufrimos fuimos nosotros los niños y los huérfanos
que nos quedamos, y lo más duro es que nos quedamos
hasta sin madre y sin hermanos mayores".11
523.
En algunos
casos documentados por la CEH, los niños sobrevivientes
de masacres fueran llevados o entregados a los mismos victimarios.
Fueron tomados por los militares, miembros de las PAC o comisionados
militares y llevados a sus hogares, donde fueron sometidos
a trabajos forzados. Además, se les obligó a
adoptar los apellidos de aquéllos con quienes vivían,
rompiendo con su identidad y sus lazos familiares. En un caso,
por ejemplo, luego de la masacre de Río Negro, Rabinal,
Baja Verapaz, los soldados y los patrulleros civiles se llevaron
a la aldea vecina de Xococ a 18 niños sobrevivientes.
Los niños fueron entregados por los militares a los
patrulleros: "Cada patrullero llevó su huérfano
a su casa".12
524.
En otros casos
la muerte o desaparición de los progenitores tuvo como
consecuencia que los niños quedaran a la deriva, debido
a que sus familiares carecían de recursos para sostenerlos.
En la Costa Sur se dio el caso de unos niños que perdieron
sus padres y el abuelo paterno no se quiso hacer cargo de
ellos porque tenía miedo de que a él también
se lo llevaran. La abuela materna los recogió, pero
cuando murió su esposo, los tuvo que repartir porque
no tenía cómo darles de comer, "y cada quien
tomó su camino". La mayor tenía ocho años.13
525.
Las condiciones
de vida durante el desplazamiento en la montaña eran
especialmente difíciles para la niñez. El testigo
de un caso en Nebaj contó cómo se había
escapado a la montaña con sus dos hijas por miedo a
la represión del Ejército. Allí se alimentaban
de raíces, ya que no tenían ningún otro
alimento y, al final, sus dos hijas, de siete y un año
respectivamente, murieron de hambre.14
Otro testigo contó acerca del desplazamiento:
"Muchos
niños se enfermaron, algunos de ellos de diarrea, porque
tenían que darles agua sucia, y los pocos alimentos
que encontraban en los montes eran hierbas que algunas veces
las tenían que ingerir crudas. Otros niños se
enfermaron porque los lugares donde estaban escondidos eran
abiertos y los vientos fuertes".15
No pudieron ser niños
526.
El enfrentamiento
armado determinó que la vida cotidiana de muchos niños
se alterara profundamente obligando a muchos a asumir nuevos
roles, con responsabilidades propias de los adultos. Tuvieron
que reemplazar a sus padres y cuidar de sus hermanos menores,
así como afrontar la situación económica
buscando trabajos para costear las necesidades propias y las
de sus hermanos. Esto significó ingresar a hora muy
temprana al mercado laboral, con el consiguiente efecto de
que no fueron remunerados con los mismos salarios que los
adultos.
"Nos enfrentamos
a unas crisis bien difíciles. Primero porque yo no
tengo unos trabajos de un buen sueldo o ayuda de otro medio
para que yo pueda vivir con mis hermanos ... Pasamos una crisis
de hambre muy dura, vivimos en un cuartito, a veces tenemos
suficiente comida, a veces hacemos una sola comida y mis hermanos
tienen que entender todo eso. Comienza una crisis bien grande
para los tres".16
527.
Asimismo el
enfrentamiento armado agudizó los problemas educativos
existentes y creó otros nuevos. La deserción
de los niños en edad escolar fue provocada por diversos
factores, como el aumento de la pobreza debido a la tierra
arrasada, la ocupación de los edificios escolares por
el Ejército para instalar sus destacamento, o la falta
de maestros, pues éstos se ausentaron debido a la violencia.
Otra circunstancia que los alejó de las aulas fue que,
tras la muerte de sus padres, las condiciones económicas
de las familias se agravaron, por lo que debieron renunciar
a los estudios. Todo ello contribuyó que numerosos
niños no llegaran a terminar el nivel primario de educación
o que siquiera lo iniciaran, perdiéndose la oportunidad
de adquirir conocimientos y valores importantes para su desarrollo
como personas, así como para generar mayores ingresos
como adultos.
"No pudimos
ir a la escuela, crecimos con machete, miedo, susto, pena,
pobreza, en vez de crecer con educación y tranquilos.
Nosotros pasamos toda nuestra vida sufriendo, porque éramos
niños. ¨Cómo vamos a recuperar eso?".17
"Nosotros
nos quedamos muy tristes, y lo peor es que con niños
muy chiquitos, quienes no pudieron ir a la escuela, pues no
tenemos dinero para pagarles sus cuadernos y sus libros. Mis
hijos muy niños tuvieron que salir a trabajar para
ganar el pan de cada día y así poder alimentar
a todos, fue un tiempo difícil".18
"Hubo enfermedades,
especialmente entre los niños y los ancianos, no había
comida ni ropa. El maestro de la aldea salió, en parte
por miedo, pero tampoco valió la pena que se quedara,
porque los jóvenes tenían que trabajar. Tampoco
podían gastar dinero en útiles. La aldea no
tuvo maestro en los siguientes cuatro años".19
Niños y jóvenes en el enfrentamiento
El reclutamiento militar forzoso
528.
Si bien la mayoría de los niños
que fueron víctimas durante el enfrentamiento armado
eran civiles, también es importante apuntar que las
condiciones en las zonas de mayor conflicto hizo que muchos
de éstos, ya fuera por voluntad propia o por la fuerza,
ingresaran en las filas de uno de los bandos contendientes.
529.
Es en el Ejército
donde participó la mayor cantidad de jóvenes
durante el enfrentamiento debido al reclutamiento forzoso,
práctica sistemática de esta institución,
con especial insistencia en las comunidades mayas. Con regularidad
el Ejército reclutó a "niños, mayores
de 14 años de edad, indígenas principalmente
provenientes del Altiplano del país, pobres, analfabetas
y que viven en áreas rurales".20
"Había
muchos jóvenes forzados. A los que estaban estudiando
también los llevaban y se lamentaban de no poder seguir
estudiando porque no había clases en la zona [militar]".21
530.
Además
de alejarlos de su entorno social y familiar el reclutamiento
de menores significó para el Ejército, impedir
su educación, imponerles obligaciones de adultos y
por otra parte, que se forjaran sus personalidades con una
mentalidad castrense que repercutía en su desarrollo
espiritual e intelectual. Los hizo acostumbrarse a la violencia,
la cual reprodujeron al retornar a sus comunidades.
"Una niñez
no se puede volver a vivir, hay niños y adolescentes
que en esa etapa en la que ellos maduran para pasar a otra
edad estuvieron sujetos a órdenes, a cometer actos
en contra de su voluntad y esto se ha marcado en ellos. Se
percibe una timidez, una obediencia exagerada o se exaltan
demasiado, no quieren estar en la familia, esto es lo que
se ha visto en las comunidades y es lamentable, pues, esas
consecuencias que ha dejado el reclutamiento".22
531.
La CEH también
documentó la participación de varones de 12
a 17 años en las Patrullas de Autodefensa Civil en
diversos lugares. La inclusión de niños en las
PAC aumentó las cifras de menores que tuvieron participación
en actividades militares. Esto restringió sus posibilidades
para estudiar y en algunos casos llevó a que luego
despreciaran el trabajo y que adoptaran conductas delictivas.
"Los que
vivimos, cuando ya podemos volver a las aldeas [después
del desplazamiento] tenemos que patrullar. Y yo ya no puedo
ir a la escuela y ahorita me mantengo cultivando la tierra
solamente".23
"Otro problema
fue que ... empezaron a aceptar hacer turnos que les pagaran.
Entonces no les gustó la milpa, ya no quieren irse
a trabajar. Después de estar tres años en las
patrullas, ya no quieren el azadón, entonces su negocio
empezaron a robar. Como se acostumbraron a andar andando todo
el día o a estar sentados vigilando".24
Niños guerrilleros
532.
Por otra parte,
también se encontraron niños dentro de las filas
de la guerrilla. En la mayoría de los casos, los menores
de edad se implicaron en la lucha como una forma de salvaguardar
sus vidas, luego de perder a sus familias en las masacres
o durante la tierra arrasada. Sin embargo, vivir en la montaña
significó adoptar a la guerrilla como su familia, con
todos los riesgos que ello implicaba, y debieron someterse
a los rigores militares que regían en los campamentos
guerrilleros. Un testigo que se vinculó a la guerrilla
desde los 8 años y se incorporó como combatiente
a partir de los 12 años, recordó así
su experiencia:
"Por una
parte, me siento orgulloso de haberla vivido y siento que
la vida también se la debo a los demás niños
que murieron en la guerra. Se la debo a mucha gente que murió
a la par de nosotros. Creo que tengo una vida experimentada
... creo que soy parte de la página del pueblo, pero
tengo una página propia ... Una vida experimentada,
es lo único que entiendo de la vida. Un niño
que se hizo hombre o un hombre que se hizo niño, porque
al fin y al cabo siempre tenemos una parte de niño.
Fuimos hombres cuando éramos niños ... Sí,
un niño que se hizo hombre en la guerra, un guerrillero
que una parte es niño, pero sus actos son de hombre
grande y pensó como hombre grande, no pensó
como niño. Al meterme a la guerra no pensé niño;
pensé como hombre formal...".25
533.
La guerrilla
también protagonizó casos de reclutamiento forzado
de menores.26
En muchos de ellos, los efectos todavía perduran, especialmente
en aquellos cuyos padres habían sido víctimas
de los insurgentes.
"La guerrilla
mató a mi papá. Ellos me detuvieron y me dijeron
que me tenía que ir con ellos ... Después me
trajeron ya casi por aquí más cerca, lo que
yo no recuerdo fue porque estaba pequeño y me dijeron
que iba a servir como correos ... porque no me conocían.
Yo venía traer mercaderías aquí y regresarlas
otra vez, fue así como yo conocí la capital
por primera vez en mi vida. Y aquí me detuvieron en
la zona 12 ... Me fui de allí de la zona 12 porque
... tenía miedo que me mataran y traté de irme
para otro lado. Hasta me hice base, cambié la forma
de mi pelo para que ya no me siguieran buscando y, bueno,
pasó un tiempo y yo ya no los vi, pero hasta la fecha
yo no puedo perder ese miedo, porque me han pasado muchas
cosas terribles y tuve muchas amenazas de ellos".27
Los efectos psicosociales
534.
Durante el
enfrentamiento armado la vida cotidiana de miles de niños
fue rota. Perdieron a sus familiares, a sus amigos y a sus
comunidades; fueron destruidos sus hogares. Dejaron de estudiar
y jugar porque la vida se transformó en constante inseguridad
y persecución.28
Estos hechos sin duda transformaron la vida de los niños,
dejando grandes huellas en el terreno psicosocial.
535.
El miedo profundo
que se expresó muchas veces en el llanto, el silencio,
la incontinencia urinaria y otros síntomas, fue la
secuela más común e inmediata.29
Con el tiempo aparecieron otras expresiones como agresividad,
neurosis, pesadillas y depresiones.30
536.
Personas que
trabajaron durante los años más cruentos del
enfrentamiento armado con niños víctimas recuerdan
sus experiencias con ellos: "Los niños por el mismo
temor no hablaban, no sabíamos si eran mudos, si era
el trauma de la guerra o si no hablaban el español.
Pasaban meses con problemas de enuresis, no se adaptaban a
la escuela, al ambiente de casa".31
Un testigo de la CEH también recordó estas condiciones:
"Este muchacho
era callado, callado, venía con un trauma increíble
y aun así es igual que [otro niño], que
digo que fue a trabajar a Nebaj; los dos eran, al verlos,
sus actitudes eran como un gato que está esperando
a su presa y en algún momento. Y cuando reventaban,
reventaban así, pero eran muy sigilosos, muy callados,
muy cautelosos ... se mantenían muy aparte".32
537.
Ser víctima directa de los hechos
provocó traumas severos en los niños que en
algunos casos se reflejaron en un retraso en su desarrollo
psicomotor, incapacidad para concentrarse o para aprender.
"En México
fui a la escuela pero no aprendí. Mi cabeza no era
capaz de grabar las letras de tanto pensar cosas. Soñaba
que estaba con mi papá y mi mamá, bien contento,
la familia. Y luego iba a la escuela y me daba dolor de cabeza.
Durante muchos años no pude dormir bien".33
"El mismo
grupo de hombres de civil me llevaron a las niñas a
la prisión. Ya para entonces las nenas estaban desnutridas,
con infecciones gastrointestinales y estancadas en su desarrollo
psicomotor. Fueron llevadas por mi familia a un pediatra,
quien corroboró su estado de mala salud y que su desarrollo
psicomotor era de niñas de cuatro meses más
o menos (ya entonces tenían seis meses de edad).
Un hecho impactante era que las niñas no lloraban para
manifestar sus necesidades fisiológicas, solamente
succionaban sus dedos ... Mis hijas y yo hemos estado en terapia
psicológica por cinco años consecutivos y otros
dos intermitentes. Mis hijas también asisten al programa
de educación especial por sufrir problemas de aprendizaje
y del habla como consecuencia del maltrato, negligencia que
sufrieron durante su infancia temprana".34
538.
También hay recuerdos y efectos que
son recurrentes, a pesar del paso de los años:
"Yo sentí
que el corazón se me ha ido, sólo Dios fue el
que dio a mí resistencia para soportar todo. Realmente
estaba pequeño pero sentí duro. Tal vez hubiera
querido morir a la par de él [el hermano(, junto
con él. ... Aún sueño con las Dos Erres
y escucho todo lo que se escuchó esos días,
los disparos, el olor, el aire, todo".35
"Mi hija
grande, que ahorita tiene 26 años, hasta la fecha tiene
problemas. La noche para ella es una inseguridad horrible,
tiene pavor a la noche, ella oye un ruidito, está dormida,
tiene el oído tan agudizado, se despierta dando gritos
de terror; hasta la fecha ella y yo estamos en tratamiento
psiquiátrico".36
"Bueno,
a mí eso me afectó bastante porque es algo que
vivís y siempre está en tu memoria y nunca lo
podés olvidar. Es como una película que viste
y que decís que es muy triste. La verdad, a mí
no me gusta recordar esa película. Aunque siempre la
tengo presente, no me gusta recordar".37
539.
En casos extremos la tristeza provocada por
la ruptura de sus vidas o la muerte de sus familiares no pudo
ser superada por los niños y también murieron.
"Jairo,
de 13 años, falleció al año exacto de
la desaparición de su padre, de la tristeza ... se
enfermó, le dio calentura, lloraba en la noche y en
la mañana, ya no comía ... el doctor me dijo
que era por el desarrollo de los hombres, pero mi hijo, cuando
lloraba, decía: mi papá ya se fue y quien me
va a dar de comer".38
540.
La violación
sexual fue otro de los hechos que afectó en forma inmediata
y a largo plazo a las niñas y niños víctimas
del enfrentamiento armado.39
Esta práctica ejercida por lo común sobre las
niñas trajo como consecuencia dolor, humillación
y degradación de la persona, y en muchos casos desembocó
en un embarazo. En estos casos, las consecuencias también
son para los hijos, producto de la violación por la
estigmatización que viven dentro de las comunidades.
541.
Los traumas
profundos que causó la violación sexual en las
niñas y mujeres, se produjeron también entre
los niños varones que fueron violados. En sociedades
como la guatemalteca en la que la "hombría" es un elemento
esencial para los varones, los resultados pueden ser incluso
más severos. Habla un sobreviviente que tenía
14 años cuando fue violado por varios soldados:
"No sé
por qué Dios fue tan injusto conmigo, por qué
nos tenía que pasar esto. He intentado suicidarme cuatro
veces pero no he podido. Vivo atormentado recordando lo que
pasó. No se lo he contado a nadie y a veces entro en
depresiones que me llevan a pensar en intentar de nuevo suicidarme.
Ojalá y algún día se haga justicia en
Guatemala".40
542.
El proceso
de desarrollo de su identidad también fue vulnerado
en muchos niños. El desarraigo de sus comunidades,
la pérdida de sus parientes cercanos, el reclutamiento,
el haber presenciado hechos atroces o haber sido víctimas
directas de la tortura o la violación sexual, son algunas
de las experiencias que incidieron en este proceso. Un educador
que trabajó en las zonas más conflictivas describió
los efectos así:
"En la violencia
que empezó e intensificó durante los años
ochenta, hubo mucha violación de este respeto [por
los demás, de la vida]. Entonces la gente empezó
a dudar de sus creencias tradicionales y a cuestionar el porqué
de todo lo que sucedía ...Yo creo que [en este contexto]
la situación de la niñez es una catástrofe.
Es deplorable porque no van a tener una identidad; especialmente
cuando no tienen a nadie que les oriente. Ni sabrán
de dónde vinieron sus padres; perderán su historia,
su cultura ...Encontramos esta situación en varios
de los grupos con los que trabajamos. No tienen un sentido
de su identidad, porque no tienen ... un lugar ... Caminan
de un pueblo a otro. Es un golpe grande que provoca muchos
problemas".41
Los silencios del futuro
543.
El silencio
sobre lo que pasó marca todavía a muchas familias
de las víctimas. La CEH recibió testimonios
de varios testigos que eran niños cuando ocurrieron
los hechos y que no conocían bien lo que pasó
a sus familiares o no sabían mucho sobre la vida del
familiar perdido, aun cuando se tratara del padre o la madre.
A veces, el progenitor sobreviviente o los parientes cercanos
prefirieron no revelar a los hijos la forma como desaparecieron
o murieron sus padres, con el fin de protegerlos del horror
de los hechos y del sufrimiento. En otros casos, el silencio
prevaleciente responde al temor de alguna represión
en el futuro por las actividades políticas de la víctima,
o por pensar que el dolor de las heridas desaparece con el
olvido.
544.
Pero el silencio
causa un vacío para los niños, muchos de los
cuales ahora son adultos, por la falta de conocimiento sobre
quiénes fueron sus familias y qué significaban
para ellos. El hecho de que haya situaciones incógnitas
en la familia, sobre las cuales no se debe hablar o preguntar,
es otro factor que distorsiona el proceso de formación
de identidad de los niños y estimula una serie de fantasías
y ansiedades sobre lo indecible.
545.
El silencio
sigue en las familias, y se advierte en las que han formado
quienes eran niños cuando vivieron los hechos. El trauma
por haber sido testigos de hechos atroces, por la pérdida
del núcleo familiar o bien por haber sido víctimas
directas de la violencia, ha provocado en muchos casos un
silencio que se refleja en el secreto sobre sus experiencias
pasadas. Aquellos que eran niños, evitan hablar con
sus propios hijos o parejas de estos episodios, no sólo
para no transmitir el dolor vivido o para no reabrir sus heridas,
sino también por el temor a ser rechazados. De esta
forma, lo indecible y los vacíos se mantienen; el cúmulo
de emociones y dolor se guarda dentro de los ahora padres
de familia, haciendo más difícil sobrellevar
esa carga.
546.
El testimonio
presentado por una mujer que tan sólo tenía
13 años cuando desapareció su padre es ilustrativo
de esta situación. Ella contó a la CEH que todavía
no puede borrar de su mente las últimas imágenes
que tiene de su papá cuando éste se despidió.
En cierta ocasión ella iba en un bus y le pareció
que él iba allí. Estuvo viendo insistentemente
a su supuesto padre y pensó bajarse cuando esa persona
lo hizo, pero se arrepintió. Durante años ella
guardó como secreto la desaparición de su padre.
Hasta hace pocos meses no contó a su esposo que su
padre no estaba muerto, sino desaparecido. Al principio pensó
que si le decía la verdad su cónyuge la iba
a rechazar; cuando tuvieron hijos, contárselo le inspiró
aún más temor de, porque pensó que ellos,
como matrimonio, también serían objeto de rechazo.42
Enfrentando la adversidad
547.
Pese a todo
el sufrimiento los esfuerzos de muchos niños por mantener
los lazos y la cohesión familiares subrayan un rasgo
que en suma ayudó a recuperar parte de la vida que
les fue arrebatada: la defensa de su identidad. Este empeño,
aunque no sana por completo las heridas, ha supuesto un aliciente
para enfrentar, en la unidad de la familia, los traumas vividos
y buscar una recuperación en común.
"Entonces
vengo y hablo con mis hermanos y les digo que nos vamos a
ir, y preguntan para dónde, se asustan, se sorprenden
porque ellos saben que, cada vez que pasan cosas así,
la vida va a cambiar. Yo lo que en ese momento les digo es
que yo les juro por la memoria de mi padre que yo ya no me
voy a separar de ellos, que vamos a hacer un viaje pero lo
vamos a hacer juntos y que confíen en mí ...
Prometemos que a pesar de todo lo que vamos a vivir, no nos
vamos a volver a separar. Nos prometemos los cuatro que jamás
va a volver a ser así, a no ser por otras circunstancias,
pero ya no por las que hemos vivido".43
548.
En otros casos,
las víctimas infantiles del enfrentamiento armado que
continuaron viviendo en sus lugares de origen fueron capaces
de resistir las adversidades de la violencia y sobreponerse
a ellas. En algunos lugares de Joyabaj y otras comunidades
de Quiché, muchos líderes comunales de hoy fueron
niños víctimas de la violencia:
"Al hablar
con ellos no se cree que ha sido gente que fue torturada o
tirados en fosas como muertos. Uno habla con ellos y no cree
que haya sido gente que ha pasado estas experiencias. Pero
la circunstancia de la cultura, la circunstancia de las experiencias,
como se elabora la realidad desde la perspectiva de la visión
maya [les ha permitido asimilar sus experiencias]".44
1 El término
"niñez" abarca a todas las personas entre los 0 y los
18 años incompletos según la Convención
Internacional de Derechos del Niño. De esta forma,
incluye niños (0-12 años) y jóvenes (13-17).
Regrese al Texto
2 Gra‡a Machel,
Repercusiones de los conflictos armados en los niños.
Naciones Unidas, Departamento de Información Pública,
Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, Nueva York,
1997. Regrese al Texto
3 Véase
sobre este tema, M.B. Lykes, Terror, Silencing and Children:
International, Multidisciplinary Collaboration with Guatemalan
Mayan Communities, Social Science and Medicine, 38
(4), 1994, o con respecto a los efectos de la guerra de baja
intensidad en El Salvador, Ignacio Martín Baró,
"Guerra y trauma psicosocial del niño salvadoreño",
ponencia del seminario taller "Tratamiento y recuperación
postraumático del niño", San Salvador, 1988.
Regrese al Texto
4 La mayoría
de los testimonios citados en este apartado corresponden a
declarantes que al presentar el testimonio ante la CEH tenían
entre los 20 y los 30 años de edad, por lo que sus
testimonios se refieren a las experiencias vividas cuando
fueron niños. Esto permite conocer los efectos que
al momento de presentar el testimonio eran más importantes
para ellos. Regrese al Texto
5 Testigo (niño
ladino testigo de la desaparición forzada de miembros
de su familia) CEH. C 13375. 1981. Escuintla. Regrese al
Texto
6 Para un análisis
de las condiciones y efectos de la huida y desplazamiento,
ver el apartado correspondiente de este Capítulo. Regrese
al Texto
7 Un proyecto comparativo
en cuatro países de Latinoamérica (Chile, Argentina,
El Salvador y Guatemala) identificó los tres principales
problemas de salud mental en los niños y adolescentes
sobrevivientes de la violencia política: duelo alterado,
trauma y problemas de identidad. El hecho de vivir en una
situación de incertidumbre acerca de sus padres no
permitió que los niños superaran el duelo por
sus familiares. La ausencia de modelos adultos también
dificultó en algunos el desarrollo de su identidad.
Regrese al Texto
8 Testigo CEH.
C 6187. Junio, 1982. Barillas, Huehuetenango Regrese al
Texto
9 Testigo CEH.
C 13160. Mazatenango, Suchitepéquez. Regrese al
Texto
10 Las cifras
recogidas por UNICEF se basan en datos de varios estudios:
el Programa de Atención a Viudas y Huérfanos
(PAVHI) por ejemplo, estimó que en 1988, por causa
del conflicto, existían en el país cerca de
25 mil viudas y 55 mil huérfanos; la Comisión
de Derechos Humanos de Guatemala (CDHG) calculó la
cifra en 12 mil viudas y 22 mil huérfanos; la Corte
Suprema de Justicia identificó 111 mil huérfanos;
el procurador de los Derechos Humanos indicó que los
huérfanos por la violencia son más de 200 mil,
y la Conferencia Episcopal estimó entre 250 y 500 mil
el número de huérfanos. Casa Alianza también
calcula en 200 mil los huérfanos por el enfrentamiento
armado. Regrese al Texto
11 Testigo REMHI.
C 10946. Regrese al Texto
12 Testigo CEH.
CI 14. 1982. Rabinal, Baja Verapaz. CI 92. 1982. Nebaj. Quiché.
Regrese al Texto
13 Testigo CEH.
C 13160. 1981. La Máquina, Suchitepéquez. Regrese
al Texto
14 Testigo CEH.
C 3340. Mayo 1987. Nebaj, Quiché. Regrese al Texto
15 Testigo CEH.
C 16107. Febrero, 1984. Zacualpa, Quiché,. Regrese
al Texto
16 Testigo CEH.
C 13375. 1981. Escuintla. Regrese al Texto
17 Testigo CEH.
C 2636. Enero, 1984. Uspantán, Quiché. Regrese
al Texto
18 Testigo CEH.
C 7255. San Marcos. Regrese al Texto
19 Testigo CEH.
CI 44. Septiembre, 1981. El Estor, Izabal. Regrese al Texto
20 Defensa de
la Niñez Internacional - Sección Guatemala,
Reclutamiento de menores de 18 años por las fuerzas
armadas y por otros grupos armados y su involucramiento en
el conflicto armado interno en Guatemala, Guatemala, 1995.
Regrese al Texto
21 Testigo CEH.
C 11418. 1985. Ixcán, Quiché. Regrese al
Texto
22 Nuestra
Alianza. Revista para los Amigas de los Niñ@s,
número 3, Guatemala, 1998. Regrese al Texto
23 Testigo CEH.
C 16192. 1981. Uspantán, Quiché. Regrese
al Texto
24 Testigo CEH.
San Pedro Jocopilas, Quiché. Regrese al Texto
25 Testigo CEH.
Actualmente el testigo tiene 22 años. Regrese al
Texto
26 Véase
el apartado correspondiente del Capítulo II. Regrese
al Texto
27 Testigo REMHI.
C 425. San Miguel Uspantán, Quiché. Regrese
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28 Gra‡a Machel,
ob.cit. y Comisión Pro Convención sobre los
Derechos del Niño, Informe sobre la situación
de los derechos de los niños, niñas y adolescentes
de Guatemala, Guatemala, 1995. Regrese al Texto
29 En un estudio
de niños guatemaltecos víctimas del enfrentamiento,
se encontró que, "la emoción más fuerte
que sintieron [con respecto a la experiencia vivida de la
violencia], tanto en el grupo de niños refugiados en
México como el grupo de niños en sus comunidades
[en Guatemala], fue el 'susto'. Cuando les preguntamos qué
otra emoción experimentaron, el 67% de los niños
en Guatemala y 60% en México respondieron con "miedo",
enfatizando de esta manera el temor por encima de cualquier
otra emoción." Véase, M. Melville and M.L. Lykes,
"Guatemalan Indian Children and the Sociocultural Effects
of Government-sponsored Terrorism", Social Science and
Medicine, 34 (5), 1992, pg. 533-548. Regrese al Texto
30 Testigo CEH.
Persona que trabajó con niños víctimas
del enfrentamiento. Regrese al Texto
31 Karolina Castro,
citada en Nuestra Alianza. Revista para los Amig@ s de
los Niñ@ s. número 3, Casa Alianza, Guatemala,
1998. Regrese al Texto
32 Ibid. Regrese
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33 Testigo (niña
sobreviviente de masacre) CEH. C 11236. 1981. Ixcán,
Quiché. Regrese al Texto
34 Testigo CEH.
C 20008. Enero, 1983. Ciudad de Guatemala. Guatemala. Regrese
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35 Testigo CEH.
CI 31. Junio, 1982. La Libertad, Petén. Regrese
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36 Testimonio
presentado por la Comisión de la Verdad de la USAC
a la CEH. 1980. Ciudad de Guatemala. Regrese al Texto
37 Testigo CEH.
C 13375. 1981-1982. Escuintla. Regrese al Texto
38 Testigo CEH.
C 7082. Diciembre, 1985. San Pablo, San Marcos. Regrese
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39 Véase
apartado de este Capítulo sobre secuelas de la violación
sexual. Regrese al Texto
40 Testigo (varón
ladino, víctima de violación sexual a los 14
años, por miembros del Ejército). C 894. 1988.
El Estor, Izabal. Regrese al Texto
41 Entrevista
de 1988, citada en M.B. Lykes, "Meaning Making in a Context
of Genocide and Silencing", in M.B. Lykes, et.al. (ed.), Myths
about the Powerless: Contesting Social Inequalities, Philadelphia,
Temple University Press, 1996, pg. 166. Regrese al Texto
42 Testigo CEH.
C 971. 1982. El Estor, Izabal. Regrese al Texto
43 Testigo CEH.
C13375. 1981-1982. Escuintla. Regrese al Texto
44 Testigo (trabaja
con adultos que, de niños, fueron víctimas de
la violencia) CEH. 1 164