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Capitulo
III
EL
TERROR Y SUS SECUELAS
1.
Los miles de muertos,
desaparecidos, torturados y desarraigados, y los cientos de comunidades
mayas borradas del mapa durante el enfrentamiento armado han dejado
huellas imborrables en las mentes y los corazones de los guatemaltecos.
Sus manifestaciones difieren según la adscripción
étnica, extracción social, posición económica,
género, edad, lugar de residencia, filiación política
o religión de personas y grupos sociales. Miedo, susto, tristeza,
depresión, enfermedades somáticas y psicosomáticas,
duelo alterado, desconfianza, mutismo, inhibición e indefensión.
Así otras expresiones del sufrimiento: alcoholismo, pesadillas
recurrentes, graves enfermedades mentales, apatía y suicidios,
sentimientos de cólera y soledad; son algunas de las secuelas
más frecuentemente expuestas por las personas entrevistadas
por la CEH.1 Estos
permiten afirmar que la violencia no sólo formó parte
de la dinámica propia del enfrentamiento entre dos fuerzas,
sino que también convirtió a la población en
la principal víctima del mismo.
2.
Como quedó
demostrado en el capítulo anterior, a lo largo del enfrentamiento
armado el Ejército aplicó una estrategia general y
sistemática estructurada para producir y mantener a la población
en un permanente estado de terror. Esta estrategia funcionó
como el eje de sus operaciones, tanto en las directamente militares
como en las operaciones psicológicas y en las llamadas de
desarrollo. Asimismo los movimientos guerrilleros cometieron hechos
violentos, de crueldad extrema que aterrorizaron a la población,
en la que provocaron secuelas muy graves. .
3.
El terror se desarrolló
en Guatemala a través de un proceso cuyos momentos más
intensos correspondieron a los períodos de máxima
violencia y cuyos epicentros se ubicaron en los escenarios de mayor
represión. Sin embargo el terror no se redujo a una sucesión
de hechos violentos o de operaciones militares, ni fueron éstos
los únicos medios empleados para crearlo y mantenerlo. Más
bien el terror es un proceso que se genera especialmente a través
de sus manifestaciones y secuelas sociales. Por esta razón
el terror no desaparece automáticamente cuando los niveles
de violencia descienden, sino que tiene efectos acumulativos y perdurables,
los cuales exigen tiempo, esfuerzo y experiencias de nuevo tipo
para superarlos.
4.
Tampoco debe entenderse
que todos los guatemaltecos hayan vivido un mismo grado de terror.
Ciertamente entre los sectores y en los espacios geográficos
más afectados por la violencia política, se vivió
mayor intensidad el temor extremo que es un elemento importante
del terror. Pero aun en los sectores y lugares menos involucrados
directamente en el enfrentamiento armado, se hicieron presentes
las facetas más sutiles del terror, como la pasividad y el
conformismo, el sentimiento de impotencia y la decisión a
veces inconsciente de no ver, no escuchar, ni hablar de los hechos
atroces que estremecían el país. Así, las secuelas
sociales del terror todavía se hacen sentir en los más
diversos ámbitos de la sociedad, especialmente por el trastocamiento
de los valores comunitarios que fundamentan la convivencia social:
"Las consecuencias
que se dio de los enfrentamientos armados es que ya no tenemos confianza,
la gente como que se puso más mala, ya no respeta. La gente
en la época de la patrulla, cómo le gustó manejar
el arma, empezaron a hacer cosas incorrectas. Antes de la violencia
vivíamos más unidos, nos comunicábamos más.
Nos uníamos para hacer trabajo en la comunidad (...), ahora
es difícil, ya no nos respetamos, ya es difícil hacer
una faena, mucho divisionismo, ya no hay amistad...".2
Terrorismo de Estado
5.
A lo largo de su
historia el Estado guatemalteco ha mostrado su incapacidad para
generar un consenso social amplio que pudiera sostenerlo y afirmar
su legitimidad democrática. Esta debilidad que nace de su
carácter excluyente dio lugar a que, frente a los conflictos
políticos y las confrontaciones sociales, el Estado recurriera
cada vez más a medidas de fuerza y dominación física
para inhibir la capacidad de oposición o de resistencia.
Incidió, a su vez, la definición sumamente amplia
del enemigo interno que fue adoptada por el Estado.3
6.
Hay indicios para
sostener que la violencia institucional se incrementaba en los momentos
en que los grupos dominantes perdían su capacidad política
para controlar al conjunto de la sociedad.4
En este sentido, aunque el Estado fue el articulador de las políticas
y acciones que generaron el terror, otros sectores que compartían
la misma visión del enemigo interno, fomentaron o coadyuvaron
al proceso. Este tipo de participación fue más notoria
con respecto a los escuadrones de la muerte, en especial en los
años sesenta y luego en las décadas de los setenta
y ochenta, a través de ciertas actividades represivas antisindicales.5
7.
La coincidencia de
tres hechos fundamentales permite situar en 1966 el inicio del terrorismo
del Estado.6 En primer
lugar, la desaparición forzada por fuerzas del Estado de
por lo menos 32 dirigentes de izquierda en marzo hizo evidente la
decisión de otorgarle creciente importancia a los mecanismos
subterráneos e ilegales en la represión oficial destinada
a controlar y aniquilar a los opositores.7
Asimismo, en el segundo semestre del año, con el Gobierno
civil de Julio César Méndez Montenegro, se inauguró
una amplia campaña antiguerrillera que respondía a
la concepción de guerra contrainsurgente impulsada por Estados
Unidos, y en las zonas de conflicto la violencia se volvió
indiscriminada, aspecto importante para generar el terror.8
Por último, en junio surgió a la luz pública
el Movimiento Anticomunista Nacional Organizado (Mano Blanca), el
primero de los más de veinte escuadrones de la muerte que
aparecieron a partir de ese año. Por su naturaleza secreta
y por la impunidad con la que operaban, fueron un instrumento adjunto
al Estado, propicio para alimentar el clima de terror.9
8.
La institucionalización
de la violencia desde el Estado contra sus opositores -supuestos
o reales- se combinó con iniciativas de guerra psicológica,
verdadero vehículo diseminador del terror. Más allá
de la eliminación física, los objetivos de las acciones
se ampliaron hasta incluir la creación de efectos inhibitorios
en el conjunto de la sociedad.10
Mediante la ejecución de diversos tipos de operaciones y
la instrumentación de medios para propagar el terror, el
Estado buscó aniquilar en el seno de la población
la posibilidad y la voluntad de transformación en el presente
e incluso en el futuro. Al actuar así se pretendía
dejar claro que, con independencia de sus acciones e intenciones,
el orden establecido era algo que no se podía cambiar y que
cualquier intento orientado en ese sentido sólo podía
implicar la muerte: "Se quería que la población
sintiera la impotencia, la indefensión en la que se encontraba".11
9.
Aun cuando en ciertos
años disminuyeron los niveles de represión (véase
estadísticas y gráficos del Capítulo II), a
partir de este período los mecanismos para crear el terror
estaban ya asentados, y los efectos empezaban a repercutir en la
población. Aunque ciertos autores han escrito sobre las "olas
de terror" en el país,12
el propósito aquí es más bien detallar y analizar
los elementos de las secuelas del terror que todavía se recogían
en los testimonios recibidos durante 1997 y 1998 por la CEH.
10.
A lo largo del período
del mandato de la CEH, los casos documentados revelan acciones punitivas
selectivas y masivas, clandestinas y abiertas, perpetradas por el
Estado en contra de individuos, grupos y comunidades, adaptadas
al carácter peculiar de las diferentes regiones y sectores
en las diversas etapas del enfrentamiento armado. En todos los casos
se pretendía lograr el máximo efecto psicológico.
Muchos capturados aparecieron con señales de tortura que
superaban lo imaginable y muchos cuerpos fueron mutilados aun después
de la muerte. Asimismo, durante la primera mitad de la década
de los ochenta, sobre todo, se realizaron torturas ante la comunidad,
contra vecinos acusados de actividades insurgentes, o se practicaban
delante de familiares de la víctima, a los que se forzaba
a presenciarlas a fin de provocar una traumatización extrema
y de incrementar el efecto aterrorizante en la población.13
No es gratuito entonces que el miedo fuera el sentimiento expresado
con mayor frecuencia en los testimonios recogidos por la CEH.
"La Inteligencia
de Gobierno comenzó a agarrar líderes religiosos.
Los que sobrevivían contaban que la tortura era muy dura,
llegaban sin dedos, sin orejas ... ".14
"Lo torturaron,
le sacaron el corazón, lo degollaron, estaba embrocado en
un árbol con el pantalón abajo, los zopes se lo estaban
comiendo (...) junto a él había otros dos cadáveres
que no pudieron ser identificados porque los zopes se los habían
comido".15
"Cuando el Ejército
entraba en esos tiempos a nosotros nos agarraba como si que es un
escalofrío, pero eso sí que de veras temblábamos
y daba ganas, no sé si de vomitar, y a veces hasta nos mareamos
pues, entonces, por ese gran temor ...".16
11.
Esta violencia extrema
pone en evidencia que el terrorismo de Estado no se conformó
con la simple eliminación física de sus presuntos
opositores. También se proponía dejar claro que quienes
participaban en actividades reivindicativas, e incluso sus familiares,
corrían el riesgo de perder la vida en medio de las mayores
atrocidades. Ante el terror que la represión inculcaba en
los sobrevivientes, muchos optaron por callar o por la adaptación,
el mimetismo o la sumisión. La violencia estatal en sus diferentes
manifestaciones logró, en gran medida, su objetivo disuasorio
ejemplar.
"Nadie se ha explicado
por qué lo mataron. Pero hay otro objetivo con esto, el terror
en sí, como método contrainsurgente. Mucha gente diría,
pues matan a Felipe Mendizábal, ¨a quién no pueden
matar? Y eso da lugar a sembrar el terror que todavía existe
en Guatemala".17
"Las personas
de la población se quedaron con miedo, atrancaban bien sus
puertas, se notaba el pánico que existía, ya no había
mayor comunicación entre las personas".18
"En la familia
provocó una especie de amnesia familiar, para no recordar
las fechas, los años, casi que entre ellos mismos no se hablaban,
únicamente lo más indispensable, todo se volvió
una monotonía, esperando cuándo volvían los
hombres, preguntándose quién sería la próxima
víctima".19
12.
Así fue como
los efectos del terrorismo de Estado calaron en los individuos y
en la sociedad. De esta forma, el Estado logró estructurar
una esfera de relaciones que abarcaba en mayor o menor medida a
toda la sociedad controlada por el proceso de terror. Recuperaba
su capacidad de controlar y dominar a la sociedad, aniquilando la
posibilidad y la voluntad de transformación en la población
y creando una especie de trauma psicosocial.20
"Nos está
reflejando en la conciencia nuestra, hay una apatía, un descuido
(...) yo diría, indolencia, hay una indolencia generalizada,
producto de esa represión".21
"Hay una desintegración,
desintegración en todo sentido, desintegración de
la estructura social, y los principios éticos ... Hay una
desconfianza tremenda, la gente ya no tiene mucha perspectiva en
el futuro. Conozco aldeas, por ejemplo donde la gente se entretenía
en el deporte ... Ahora ni deporte hay. El único deporte
es tomar ...".22
Los efectos perdurables
13.
El terrorismo de
Estado provocó múltiples secuelas que perduran en
la población. Una de las más palpables, que los declarantes
hacen constar repetidamente, es el dolor por no haber enterrado
y vivido el duelo de sus muertos y desaparecidos, o por no saber
nada de ellos. A la vez se recoge de los testimonios la perpetuación
de otros efectos que fueron propiciados por la propia conducta del
Estado. La sensación de impotencia, miedo y conformismo se
ha mantenido en la población frente a la maquinaria represiva
y se ha fortalecido mediante la impunidad, la criminalización
de las víctimas, la implicación forzada de la gente
en las atrocidades y el silenciamiento. Estos mecanismos se entrelazaron
y provocaron una alteración social y moral en diferentes
planos.
El duelo alterado
14.
Durante el enfrentamiento
armado fueron múltiples las circunstancias que impidieron
que miles de personas pudieran cumplir los ritos que en tiempos
normales acompañan la muerte y entierro de una persona. La
desaparición forzada fue la práctica más perniciosa
en este sentido, ya que la incertidumbre, el no poder saber qué
pasó, ni siquiera concedía la paz relativa de saber
que la persona ya no sufría más en vida.
"Lo peor de la
desaparición es la incertidumbre, uno no sabe si el familiar
está vivo o muerto o qué le están haciendo".23
"Mi mamá
siempre cree que mi papá está vivo. Nosotros creemos
que no. Si encontráramos sus restos, esto aliviaría
nuestra pena".24
15.
El clima de terror,
la presencia militar y otras circunstancias que rodeaban las masacres,
así como la huida y persecución de los sobrevivientes
por la montaña, hacían inviable en muchos casos el
entierro de los muertos, en especial en los años ochenta.
La muerte violenta o por desplazamiento, así como la imposibilidad
de un entierro respetuoso soterraron la dignidad de las víctimas,
sobre todo si se considera que, en muchos casos, ni siquiera los
familiares mismos recuerdan el lugar donde quedaron los cadáveres.
En numerosos testimonios se recogió el dolor particular que
entrañaba esta situación, cuando los declarantes resaltaban
que sus parientes, vecinos o amigos habían sido devorados
por animales de rapiña y perros.
"Se miraba todo,
los perros estaban comiendo a las gentes, salían [de
la tierra(, las trenzas de las mujeres, un perro llevaba en su
boca el piecito de un niño, habían zopes comiendo
los cadáveres".25
"A los dos días
regresamos en el lugar donde habían quedado muertas las cuatro
personas, encontrándolas a cada una con parte de sus cuerpos
comido por animales. Con ayuda de otros vecinos abrimos hoyos en
ese mismo lugar y las enterramos. Recuerdo muy bien en donde las
enterramos pero difícilmente están allí, en
vista de que no contábamos con suficiente tiempo (...) Teníamos
miedo porque en cualquier momento los soldados podían aparecer
y en el suelo había muchas piedras; todo eso contribuyó
a que los hoyos no fueran profundos. Yo pienso que los coyotes y
perros lograron sacarlos y se los comieron (...)".26
16.
Así, la imposibilidad
de preparar a los muertos según las costumbres de las comunidades
mayas o conforme los credos religiosos de las familias ladinas,
o de enterrarlos y llorarlos, pesa abrumadoramente en la conciencia
de los parientes y vecinos e induce a menudo a experimentar hondos
sentimientos de culpa. El duelo por los muertos fluye como un ciclo
sin cerrar en la vida de los seres humanos. Persiste entonces, como
una de las secuelas prolongadas del terror, una situación
que se conoce como "el duelo alterado" o "suspendido".27
"Nos costó
mucho porque Francisco murió en el bombardeo y, por salir
corriendo, no lo pudimos llorar bien".28
17.
Los siguientes dos casos, recogidos por investigadores
de la CEH, reflejan el profundo dolor que origina esta situación:
En el primer caso
la declarante salió en busca de su marido, con la idea de
que todavía podía encontrarlo vivo; cuando llegó
al lugar de los hechos, lo encontró con varios tiros en la
cabeza; todo su cuerpo se cubría con la sangre que aún
manaba de su rostro y tenía los ojos casi fuera de sus cuencas.
Por miedo a que los soldados regresaran, la declarante dejó
el cuerpo en la carretera. Ella se arrepintió de no haberlo
llevado a su casa para velarlo, pero estaba segura de que la hubieran
matado si lo intentaba. ¨Y qué hubiese pasado con sus ocho
hijos que la esperaban en casa? Ahora ella tiene mucha pena por
no haberlo enterrado y siempre piensa que su espíritu estará
sin descansar debido a que no lo enterraron como debía ser.29
En el segundo caso
la declarante contó que después de que se llevaron
a su esposo esperó días, noches, meses y, sin embargo,
él jamás volvió a casa. ¨Estará él
con vida? ¨Estará viejo como ella? ¨Lo habrán asesinado?
Estas preguntas siempre la han perseguido, y su dolor es que no
tiene respuesta, sólo quisiera saber dónde se encuentra
el cuerpo de él para darle sepultura como ser humano. Manifiesta
que han pasado muchos años (ella ahora tiene 70 años)
y que su mente ya no recuerda mucho de lo que ha sucedido; que,
quizás de tanto llorar, sus lágrimas han lavado su
memoria.30
18.
Además, la
imposibilidad de ritualizar la muerte de un ser querido niega la
posibilidad de resolver el duelo por un proceso de simbolización
de las pérdidas a través de los actos que se comparten
tanto en la familia como en el seno de la comunidad. Así
se niega la posibilidad de elaborar el duelo mediante protocolos
de acompañamiento familiar y social y de compartir los sentimientos
de dolor, tristeza y desesperanza propios del ciclo de duelo.
"No hemos podido
traer los restos de mi hija para enterrarla en el cementerio de
la aldea El Naranjo. Mis nietos y yo soñamos el día
que podamos enterrar a mi hija en el cementerio, ya que como cristianos
es nuestro consuelo ... Además de lo de mi esposo que ni
siquiera sabemos dónde está ... Tenemos que vivir
pensando y sufriendo por tener que haber dejado los restos de mi
hija en el lugar donde la tiraron (...) Todo estas cosas que pasaron
me dejaron como en el aire ... Desde entonces me quedé muy
mal de mis nervios y tengo muchas pesadillas".31
19.
Para todas las culturas
y religiones que coexisten en Guatemala, es casi inconcebible no
dar digna sepultura a los fallecidos; violenta los valores y ofende
la dignidad de todos. Para los mayas este fenómeno cobra
una importancia particular por la centralidad en su cultura del
vínculo activo que une a los vivos con los muertos. La imposibilidad
de efectuar el enterramiento o la falta de un lugar sagrado donde
acudir para cuidar los nexos con los muertos representan entonces
una inquietud profunda en muchas comunidades mayas.
"Entonces los
fuimos a enterrar, pero a puro escondido a puro con miedo porque
dicen que el Ejército va a regresar otra vez, porque si alguien
viene a recoger a esa maldita gente entonces ahí lo vamos
a terminar su vida, es que dijeron, entonces mejor con miedo venimos
o con rapidez venimos a enterrarle y ya nos fuimos ... Entonces
la autoridad quiere algunas autoridades para venir a sacarlos, para
dejarlos en el cementerio para hacer una oración porque nosotros
hemos acostumbrado a que cuando muere alguna de nuestra familias
nosotros utilizamos algunas candelas, algunas velas para dejar pues
en el cementerio, entonces ésa es la idea que tiene la familia,
entonces sus familiares, esa pobre gente que se quedó en
esa fosa, entonces ellos quieren que ojalá que se trae el
resto de huesos para estar en el cementerio porque nuestra costumbre
o nuestra forma de enterrar a los muertos pues no es, porque somos
unos animales que se pueden dejar en algunas partes escondidos".32
20.
En este sentido sigue
siendo una llaga abierta los cementerios clandestinos y ocultos,33
y así se percibe el desasosiego que viven muchos guatemaltecos
por no saber qué pasó ni dónde están
sus familiares. Para los parientes de las víctimas son un
recuerdo imborrables de los hechos violentos con que los autores
buscaron negar la dignidad de sus seres queridos; para los mayas
es, además, un recuerdo constante de la interrupción
o, incluso, de la ruptura de los nexos entre los vivos y los muertos,
y de la continuidad entre las generaciones. Por ende, las exhumaciones
son una de las medidas que con más frecuencia solicitan los
declarantes a la CEH a la manera de reparación. Restañar
las heridas particulares del duelo alterado implica la exhumación
de estos cementerios, además del esclarecimiento del paradero
de los desaparecidos. Eso dará a los parientes la oportunidad
de reencontrar a sus muertos y honrarlos mediante ceremonias concretas,
ligadas a la necesidad ética de justicia.
"Queremos saber
dónde está. Ni los chuchos34
se quedan tirados ahí no más ... Queremos darle cristiana
sepultura aunque sea a sus huesitos, pues otra cosa ya no esperamos
nosotros".35
"Una persona muerta
debe estar en el cementerio, porque no fue a un animal al que mataron.
¨Por qué se nos niega conocer donde está para enterrarlo
como Dios manda?".36
La impunidad
21.
Los efectos perdurables
del terror no sólo fueron efecto de los hechos atroces; la
maquinaria del terror contaba con varios resortes que reforzaban
su eficacia, entre ellos la impunidad.37
Al ser cometidas por el Estado, sus agentes u otros ligados a los
sectores de poder, las violaciones quedaron sin castigo y se perpetuó
su recurrencia. La ausencia de justicia y la ostentación
de la impunidad crearon la impresión de que ningún
delito recibiría su pena, que nada se pagaba, que no había
límites para el crímen. La impunidad fue un elemento
clave para ampliar el efecto de la violencia al no existir ningún
recurso efectivo frente a ella. De esa forma inducía a la
indiferencia en la población, inhibiendo el ejercicio de
los derechos básicos de los ciudadanos, especialmente el
derecho a la justicia.
"Yo siento que
lo más difícil para uno es ver que en Guatemala se
ha cometido tanta injusticia y sin embargo todo queda impune, todo
sigue igual como fue. El que no se pueda hacer nada. Yo siento que
los asesinos, los represores que han estado en el país siguen
muy tranquilos y eso es lo más difícil a aceptar...".38
"Todos en el pueblo
de Panzós, todas las aldeas vecinas que han sido masacradas
de Panzós quedaron totalmente atemorizados, no podían
hacer más que lamentar y no pudieron hacer nada más,
porque, ¨adónde acudir? Si son las mismas autoridades, las
mismas defensoras del pueblo que han matado a nuestros hermanos,
entonces, ¨qué hacer en ese momento?".39
22.
Con la institucionalización
del terror y la inoperancia de la ley se extendieron en la sociedad
los sentimientos de miedo e impotencia. En ese contexto se generaron
conductas de mera sobrevivencia, cuyas manifestaciones frecuentes
eran la pasividad y la apatía, la sumisión y el conformismo.
Ante esta situación, la mayoría abandonaba propósitos
de transformación de lo que de antemano asumía como
valladar insuperable.40
"Los comisionados
militares comenzaron a propagar el temor en el municipio, diciendo
que los que irían al funeral serían fichados por el
Ejército. Fueron muy pocas las personas que asistieron al
funeral simbólico que se realizó en Joyabaj".41
"Fue una práctica
común del Ejército llegar a las comunidades para reprimir
a los pobladores, a manera de inhibirles su participación
en cualquier actividad, por lo que ellos se encontraban en total
aislamiento. Por lo tanto no había autoridad que pudiera
hacer valer con firmeza su poder como tal".42
23.
Asimismo, era peligroso
externar opiniones sobre lo que pasaba, ya que el simple hecho de
hacerlo podía provocar acciones represivas. Así se
creaba cierta resignación ante la represión, lo cual
suponía también que los sentimientos de cólera,
injusticia o humillación relacionados con los hechos eran
callados y guardados en lo más íntimo. Sin embargo
estos sentimientos, aunque escondidos, permanecen presentes en muchas
víctimas y sus familiares, sobre todo en aquellas que fueron
forzadas a presenciar los hechos sin poder hacer nada. La persistencia
de la impunidad y la injusticia significa que estos daños
continúan marcando a los afectados en el plano individual,
familiar, comunitario y nacional.
"Yo pienso que
afecta muchísimo, porque realmente te marca toda esa situación
que nos tocó vivir, te acostumbrás a vivir con ello,
pero sin embargo te crea un rencor. Vivís toda la vida con
ese rencor adentro. Y más te afecta porque uno no ha tenido
la oportunidad siquiera de llevar una vida tranquila, aunque tengás
todas las cosas materiales, pero por dentro estás destruido.
Eso lo afecta mucho a uno".43
"Transformar nuestros
fantasmas, nuestros monstruos, los dolores, los padecimientos, esa
gente que se está matando ahora con puro guaro44
es porque nadie ha procesado su experiencia, los que no han tenido
la dicha de llorar, derramar sus lágrimas y sus llantos que
sólo tienen adentro ... Entonces de ahí tienen que
decir las verdades como son. No es para despertar la venganza, sino
para poder saber a quién hay que perdonar, porque eso es
lo que no se sabe".45
La criminalización de las víctimas
24.
Durante el enfrentamiento
la violencia institucionalizada no sólo quedó impune
sino que fue justificada mediante campañas destinadas a deslegitimar,
criminalizar y culpabilizar a las víctimas. La represión
transformó en objetivos "legítimos" a personas, grupos,
organizaciones y comunidades enteras, tratando a sus integrantes
como "delincuentes subversivos." Las acusaciones se dirigieron contra
personas que desempeñaban un papel relevante en las comunidades
o contra organizaciones sociales. Este mecanismo de criminalización
y deslegitimación funcionaba a lo largo del enfrentamiento
armado como un tipo de amenaza latente. El simple hecho de promover
actividades de desarrollo comunitario, de ocupar algún cargo
de representación o de fomentar la toma de conciencia en
situaciones de injusticia fueron algunos de los motivos esgrimidos
para reprimir a muchas personas. Este tipo de deslegitimación
es un elemento central en los testimonios:
"Eso ya se lo
estaba planteando Ríos Montt y lo declaraba al público:
la Universidad es el nido de comunistas, el vivero de los guerrilleros".46
"También
vinieron a meter en la cabeza de nuestra gente que defender nuestros
derechos, que intentar luchar por nuestras vidas era ser mala gente.
No nos dejan levantar cabeza y ahorita, ¨cómo vamos a recuperarnos?".47
"En 1970 empezó
la palabra campesino, duró cuatro años; al oír
esa palabra la gente se aterrorizaba, era un nombre rojo. En el
año 1975 fue la palabra comunista, y si alguien pedía
que le pagaran su sueldo le decían comunista, así
pegó esa palabra. En el año 1979 le agregaron la palabra
rebelde, a alguien que pidiera por sus derechos, ya era rebelde.
En el año de 1980, si una persona quería organizarse,
le decían que era subversivo. En el año 1982 le agregaron
la palabra ma'us aj winq;48
esa palabra duró hasta 1988. Entonces uno no podía
expresarse, porque ya era ma'us aj winq, y llegaba el Ejército
y se lo llevaban".49
25.
Quizás quienes experimentaron las consecuencias
más dramáticas de estos señalamientos fueron
los habitantes mayas de las áreas rurales, sobre todo en
el noroccidente del país, donde comunidades enteras fueron
acusadas de formar parte de la guerrilla, lo cual a menudo supuso
la muerte de todos sus componentes, incluyendo a niños.
"La clasificación
era que todos eran guerrilleros, esa era la clasificación.
Aquí la consigna era: guerrillero visto, guerrillero muerto,
que indígena significaba ser guerrillero, era lo mismo, para
el Ejército no había ninguna diferencia".50
"Y fuimos a refugiarnos
en la montaña, aguantamos sed y hambre, sin ropa porque quemaron
nuestras casas, decían que a defender a nosotros iban, pero
es falso, sino que a matar iban. Nos decían que somos el
diablo. Actualmente escuchamos estas expresiones".51
26.
En amplias regiones
del país el traje, las costumbres y los idiomas mayas fueron
estigmatizados por el Ejército. De esta manera se trasladó
la estigmatización hacia algunos de los signos centrales
de la cultura y la identidad. Para protegerse, la gente se vio obligada
muchas veces a dejar de hablar su propio idioma o utilizar su traje,
y abandonar la práctica de sus ritos. Esto sucedió
no sólo en las zonas de origen de la gente, pues también
se convirtió en parte de la realidad para muchos mayas desplazados
a la ciudad capital o a otros centros urbanos: tuvieron que ocultar
sus raíces, negar la continuidad con sus antepasados. En
un sentido profundo, negar la identidad, es decir, negarse a sí
mismo, vino a ser una estrategia más de sobrevivencia.52
"Nos obligaron
a quitarnos el traje indígena para que no nos identificaran
fácilmente, nos obligaron a dejar nuestro idioma y nuestros
costumbres, decían que todo hombre que hablara en lengua
era guerrillero, nos hicieron avergonzarnos de nuestras raíces
para poder sobrevivir".53
"Les prohibieron
realizar el rito maya porque decían que pedían por
los guerrilleros. Tuvieron que dejar de acudir al lugar sagrado
de Xocopila".54
27.
Las acusaciones sistemáticas,
además de inculpar a las víctimas, fueron orientadas
a lograr cooptación ideológica de la población,
destinada a su vez a provocar una imagen negativa y criminal de
las organizaciones sociales y de sus representantes. Inseparable
de esta estigmatización se hizo patente la idea de que si
algo le ocurría a alguien, era porque "en algo andaba metido".
Por lo tanto, la represión quedaba justificada. En numerosos
casos, incluso, los familiares llegaron a culpar a la víctima:
"Se pensó que fue secuestrada por sus actividades con un
comité que se formó para fundar la USAC en Huehuetenango.
La familia de la víctima la culpa por haber trabajado para
hacer una mejor vida para otros y que no pensaba en su propia familia".
"Todo eso pasó
porque ya nos perdimos la confianza, porque si vemos a dos o tres
personas hablando, ya es porque hay algo ahí".55
28.
Expresiones como
"algo habrá hecho" o "para qué se metió a babosadas"
se escuchaban en todo el país y reflejaban una pérdida
de la capacidad de indignarse ante los hechos atroces. Las víctimas,
por el simple hecho de serlo, automáticamente resultaban
culpables, despojadas de su derecho a aspirar al cambio social y
de su dignidad como personas. Las campañas para criminalizar
a los luchadores sociales han dejado una huella significativa en
el subconsciente colectivo en todos los órdenes.
"En donde la gente
tiene introyectado en lo más íntimo de su conciencia
que hay cosas que son prohibidas, que no hay que hacerlas y una
de esas es no involucrarse con grupos estudiantiles, porque dicen
que son comunistas, que [por participar en ellos] matan a la gente.
Eso es algo que las generaciones nuevas han proyectado en su subconsciente".56
"Ahora cuesta
mucho unir a la gente, los muchachos dicen: el que se mete ahí
porque morir quiere".57
29.
En este contexto,
mucha gente optó en algún momento por negar u "olvidar"
su participación en actividades reivindicativas u organizaciones
sociales, para no perjudicar su propia vida ni la de sus familiares,
amistades y compañeros, para no correr el riesgo de ser juzgadas
ni estigmatizadas socialmente y, por lo tanto, sufrir persecución.
Muchas personas, grupos y hasta comunidades enteras han intentado
erradicar los recuerdos vinculados con actividades consideradas
subversivas.
"La violencia
nos cambió. Tuvimos que olvidarnos de nuestra organización
que teníamos en nuestra comunidad antes de la violencia,
de nuestra experiencia en la cooperativa. Pues, ya no podemos recordar
... sólo podemos recordar lo que sufrimos todos estos años
como si eso borrara lo de antes ...".58
30.
Negar la participación
en luchas sociales sigue siendo un mecanismo de autodefensa en muchos
individuos. El miedo a ser tildado como guerrillero o que se repita
la pesadilla de la represión, se percibió en muchos
declarantes que acudieron a la CEH. En sus testimonios se refleja
una tendencia a negar la participación en la guerrilla, si
es que se dio, o aun en actividades de organización social
o reivindicativa por completo, ajenas a la guerrilla. Esta propensión
se nota sobre todo en las regiones donde la insurgencia, al inicio
de los ochenta, logró desarrollar una amplia base social,
aunque también se detecta en otros sectores.
"La gente está
muy golpeada psicológicamente y que puede ser con también
algunas formas adaptativas y además justificatorias del temor.
Yo pienso que eso tiene que ver, efectivamente, con el problema
de la memoria, es decir que el problema de la memoria no es sólo
recordar el hecho como fue, en qué circunstancias, la hora,
todo eso, sino toda esa interpretación subjetiva y otras
cosas, que llevan a que este momento nos hagan sentir las cosas
de determinada manera. Podría decir que lo que yo pensaba
en un tiempo, todo aquel contenido emocional que era la indignación,
de dolor y todo eso, ha sido como asfixiado por una actitud de pérdida
de sentido que es una actitud depresiva. Yo puedo recordar muy claramente
cómo compañeros en los años setenta hablaban
con una euforia de las cosas y que ahora tienen algunas actitudes
como a estar apagados, revertiendo cínicamente su posición,
incluso como no recordar cuál fue su actitud de antes, que
era una actitud militante incluso, de crítica para quien
no era más radical".59
31.
Este miedo y la negación
derivada de él son elementos presentes y determinantes en
la vida cotidiana de los afectados. La experiencia de la represión
masiva e indiscriminada, que se justificaba bajo la acusación
de que todos eran guerrilleros, ha dejado una huella indeleble:
el temor a hablar o recordar actividades de compromiso social desencadenen
de nuevo la represión. La experiencia del terror transmitió
a la gente la idea de que luchar o soñar una vida mejor era
"pecado" y significaba la tortura, la muerte o la desaparición.
"Volver a revolver
todo este pasado puede producir efectos fatales, supóngase
que, en un momento dado, se enteran de que hoy estamos hablando
aquí de esto y puede pasar alguna cosa ...".60
"Ahora que estoy
libre le doy gracias a Dios, y no quiero que mis hijos sufran lo
que yo sufrí, porque era terrible, y por eso yo les aconsejaba
a algunos familiares a que no se metieran en babosadas ... Era un
gran compromiso ... mejor trabajar".61
Hacer cómplice
a la población
32.
Además de
la criminalización de las víctimas, el espectro del
terror fue ampliado cuando se empezó a involucrar a la fuerza
a la población civil en las violaciones. Las PAC, por su
cobertura y magnitud, fueron el principal instrumento de este proceso.
Como se vio en el Capítulo II, los patrulleros fueron obligados
a participar en crímenes, a veces en contra de sus propios
vecinos. Esta práctica, sobre todo en el Altiplano, alcanzó
extremos en los casos en que los patrulleros tenían que participar
en masacres, arrasamiento de aldeas, torturas públicas, mutilación
de cadáveres, etc. Por el hecho de que todos los hombres
tenían la obligación de patrullar, todos se convirtieron
en partícipes de la represión llevada a cabo por la
patrulla. En cierto modo, de víctimas pasaron a la fuerza
a ser victimarios.
33.
El reconocimiento
de que gran parte de la violencia ejercida por los patrulleros fue
producto de la coerción, redimensiona el lado humano de éstos.
Aunque cometieron graves violaciones, en el fondo sus acciones fueron
condicionadas por una estrategia contrainsurgente planeada y ejecutada
por el mismo Estado.
"Y a los patrulleros
los pusieron para que los mataran ... y ellos no quisieron y el
Ejército les dijo: si no los matan ustedes, los matamos a
todos, y después le dio el machete a los patrulleros que
estaban allí y algunos tenían sus hijos, hermanos
allá y entre ellos se mataban".62
"Para terminar,
ahora vamos a hacer picadillo a los pisados. Ustedes tienen que
hacerlo, porque yo ya estoy cansado de matar tantos pisados.
Así hablaba el teniente para animar a todos los presentes
y para darnos valor de participar en la mutilación. Obligadamente,
soldados, patrulleros y comisionados empezaron a machetear los cadáveres
en pedacitos. Después de haber terminado el teniente reunió
a todos los participantes: ¨Y qué sintieron ustedes?, nos
preguntó el teniente. Ahora experimentaron un valor para
el futuro para matar pisados. Es un alcance. Ya saben ustedes que
también pueden ser como soldados".63
34.
Con la participación de la población
en violaciones contra comunidades vecinas o incluso contra la suya
propia, el peligro de represión no sólo amenazaba
desde afuera, sino que anidó al interior del tejido social,
especialmente de las comunidades mayas, alterando de una forma severa
las relaciones sociales.
"Eran los reyes,
todavía nos cuesta entender cómo fue que nos sometieron
a todos, cómo tuvimos que bajar la cabeza; ni modo, tenían
el respaldo del Ejército, de otros ladinos de la comunidad
... lo triste es que después hubo enfrentamientos entre nuestra
misma gente -pueblo maya- ... nos obligaron a patrullar, a tomar
las armas en contra de nuestra voluntad, forzado pues y en contra
de nuestro pueblo".64
35.
Esta primera etapa
de las PAC, así como de los comisionados militares y reclutados,
entrenados obligatoriamente por el Ejército, degeneró
en ciertos casos en un cambio de mentalidad. Algunos asumieron el
discurso contrainsurgente y se convirtieron en partícipes
activos de la represión, obteniendo a menudo ventajas económicas
o políticas. Llegaron a hacer ostentación de la impunidad
con que obraban, a exaltar la violencia y a expresar sarcasmo por
el dolor que causaban. Pasaron, entonces, a convertirse en asesinos
fríos y despiadados.
"Los patrulleros
se aprovechaban más de las que no tenían hijos, les
gustaban las niñas ... unos le abrían las piernas
y otros iban pasando con ellas ... Las violaban, de ocho a diez
años para arriba ya las abusaban ... Algunas se hincharon
y murieron ... Saber qué cosas les hacían".65
[Después de
la masacre de Río Negro el 13 de marzo de 1982] "Salimos
del lugar como a las 5 de la tarde. Durante la caminata [los
patrulleros] discutían entre ellos cuántos mataron
ese día. El que mató más era el más
hombre y se burlaban del que mataba menos".66
36.
La agudización
del autoritarismo y el ejercicio arbitrario del poder, dos secuelas
de esta situación, siguen afectando a las víctimas
que habitan en las mismas comunidades que sus victimarios. El dolor
y el daño se reproducen en un contexto en el que se enfrentan
día a día con las caras de sus victimarios, cuyos
actos han quedado impunes y quienes muchas veces siguen abusando
de su poder. Esta convivencia impide a las víctimas hablar
o tomar acción en conjunto ante los hechos, por el miedo
a las represalias y a la impunidad que protege a los hechores.
"La misma población
se ha dado cuenta de las acciones de este grupo, y como son los
mismos matones los que andan libres como que nada ha pasado ¨Cómo
es posible pedirle a la gente que externe lo que les pasó?
... El poder que este grupo tiene en todo el municipio de El Tumbador
es grande. Tienen sometida a toda la población bajo el temor,
bajo el miedo y la amenaza, porque manejan la política del
cinismo y la estupidez".67
37.
En este ambiente
afloraron también las denuncias hechas por vecinos de la
misma comunidad y hasta por familiares cercanos de la "víctima".
Muchas veces los responsables de las estructuras militares, las
PAC u otros grupos paramilitares, aceptaron denuncias formuladas
no sólo por miembros de sus propias filas, sino por cualquier
persona dispuesta a acusar a alguien de guerrillero. Aprovechando
las posibilidades que ofrecía el enfrentamiento armado de
deshacerse de alguien molesto, los señalamientos se convirtieron
en un método eficaz para "solucionar" problemas o sacar beneficios
personales. Los testimonios consignan una gran variedad de razones
por las cuales se hacían denuncias: conflictos de tierra,
querellas pasionales, envidias, venganzas personales, convicciones
religiosas, etc. El temor de que cualquier persona pudiera ser delatora
atentó y consolidó una desconfianza profunda que sigue
presente en muchas comunidades.
"Por la lengua
de nosotros mismos el Ejército actuaba. Era muy sucio, porque
entre nosotros mismos nos matábamos. Como que siempre había
envidias y odios entre vecinos, eso se aprovecharon y por eso la
gente se moría".68
"Este es un guerrillero,
éste es un sinvergüenza. ¨Qué dicen ustedes,
lo soltamos o lo matamos?' 'Sí, es de la guerrilla, mátenlo',
dijeron unos. ... Después de dar algunas vueltas en medio
de la gente, dijo el capitán: '¨Quieren conocerlo?' y la
gente dijo que sí. Cuando el capitán le quitó
la gorra, la gente se dio cuenta que era Carlos Vidal González,
un catequista muy querido por sus vecinos. El oficial volvió
a preguntar a la gente: '¨Conocen ustedes a este hombre?' La gente
dijo que sí. Les preguntó: '¨Lo matamos?', y algunos
miembros de las sectas evangélicas dijeron: 'Sí,
mátenlo!".69
"Era de oficio
carnicero y compraba ganado a crédito en las aldeas y cuando
los dueños del ganado le cobraban, él -para no pagarles-
los calumniaba de guerrilleros. Se iba a la zona militar de Cobán
con el Ejército y luego éste ya con una lista los
buscaba y los mataba. Eso fue una época durísima".70
38.
La impunidad y la
manipulación de las denuncias generaron un clima donde la
vida humana perdió su valor para los victimarios y para los
denunciantes. Esto se manifestó con más fuerza en
el área rural, aunque también afectó las áreas
urbanas. La desconfianza y el miedo a las denuncias fortalecieron
el silencio y el aislamiento social, rompiendo así las tradiciones
solidarias que existieron en las comunidades mayas.
"Ahora hay desconfianza
y miedo, todo esto empezó con el conflicto porque el Ejército
usaba vecino contra vecino para informar al destacamento".71
"Antes acudían
a las ceremonias. Ahora ya no, nos desconfiamos de nosotros mismos,
nos preguntamos de dónde es aquel, porque mucha gente entró
al lado del Ejército como orejas, así fue mucha gente
de las aldeas. Esa gente son personas que nos tienen envidia, por
trabajos, por terrenos, por venganzas. Todos se vengaron ese tiempo,
el que tenía dinero, un torito, todo eso pasó ...
".72
La cultura de silencio y el sentimiento de
culpa
39.
El terror creó
un clima de miedo generalizado. Ante la magnitud y el carácter
despiadado de la violencia, el silencio se impuso como una nueva
ley de vida. Muchos adquirieron las habilidades de 'no ver' y 'no
hablar'. Estas prácticas constituyeron mecanismos de resistencia
o de sobrevivencia. Tratando de aparentar normalidad la gente intentaba
mantenerse al margen del conflicto, guardando silencio, incluso
cuando contemplaban hechos con los que no estaban de acuerdo. Ambas
formas exageraron el aislamiento de la gente, reduciendo sus posibilidades
de plantear una respuesta social a la violencia.73
40.
Las prácticas
del terror quitaron a las víctimas y a los afectados la palabra,
la posibilidad de compartir la experiencia y denunciar a los responsables,
con lo cual se dificultó el reconocimiento social del trauma.
Las violaciones se redujeron a experiencias individuales y aisladas,
despojándolas del marco sociopolítico más amplio.
Se dificultó así conocer la verdad y definir una postura
frente a ella.
"Luego algunas
personas de la comunidad aseguraron que fueron miembros de la G-2
pero ninguno quiere testificar, pues tienen mucho miedo de lo que
pueda pasarles. Incluso yo le pedí a una señora que
diera parte de lo sucedido, pero se negó por tener mucho
miedo. Tantas cosas que nos ha hecho el Ejército a la gente
de la aldea y de otros lugares también ... pero la gente,
por puro miedo, no cuenta nada".74
"La gente no quiere
contar lo que les pasó, prefiere callarse. Porque, ¨qué
se puede ganar? Como todavía está el miedo de la presencia
del Ejército, ya no tan fuerte, pero los campesinos prefieren
no meterse más en problemas, más prefieren contar
una mentira, para no ofender a otro ... ".75
41.
La inhibición
para actuar frente a las violaciones de los derechos humanos propició
sentimientos de culpa individual que en muchos casos siguen presentes
en los afectados. Aquellos que fueron testigos impotentes de violaciones
expresaron sentimientos de culpa ante la CEH por no haber actuado.
Se atormentan con la idea de que tal vez hubieran podido hacer algo
para evitar los hechos y sus fatales desenlaces.
"Al papá
no le pasa la culpa de que mataron a su hijo por dejar que fuera
a ver la milpa. Si fuera él, pues su hijo ahora estaría
vivo. Le afecta a uno directamente, porque es su hijo, su misma
sangre, entonces vienen pensamientos a la cabeza, y dan mucha pena
y duele mucho la cabeza de tanto pensar, y uno queda bien afectado,
ya no puede recuperarse".76
42.
Algunos declarantes
expresaron culpa por no haber sido ellos los muertos. Otros siguen
afligidos porque, ante el miedo extremo, no enterraron a algún
familiar asesinado o no se esforzaron más para buscar a un
ser querido desaparecido.77
"La huida implicaba
de dejarlo todo, incluso dejar a los enfermos, a los ancianos y
a los más pequeños, cuando ya no había otra
salida. En la huida se dejaba también los elementos de enclave
comunitario, se desprendía la solidaridad y la ayuda mutua
... Sentimientos de culpa fueron impulsados por el quedar vivo,
mientras otros murieron ...".78
"Su tristeza no
lo ha abandonado, su dolor es muy fuerte y ahora piensa que su deber
era haber luchado para que no se llevaran a su hijo".79
43.
En las mujeres, en concreto, se percibe la culpa
de que en el momento de huir no pudieron evitar la muerte de sus
niños o la "provocaron" de manera directa al haber permitido
que se les soltaran de las manos, o haberlos asfixiado en un intento
de acallar su llanto en situaciones de peligro inminente.
"Otra señora
estaba escondida con sus hijitos, no podía correr por sus
hijos, así que se escondió entre el monte y como los
soldados pasaban gritando muy cerca y su tiernito no dejaba de chillar,
lo apretó con fuerza contra el pecho para que no se oyera
su llanto y cuando se fueron los soldados, descubrió que
el niño se había muerto asfixiado ...".80
"En ese momento [la
señora] está huyendo de una masacre, muere su hija
de apenas 15 días ... Ella la entierra en una loma y no se
acuerda dónde. El dolor de no poder recordar y de sentirse
culpable de que la niña muriera, se mantuvo por muchos años
... de eso nunca había hablado con nadie".81
44.
La CEH también
ha recopilado testimonios de algunos ex soldados y ex miembros de
las PAC que manifestaron sentimientos de culpa por haber participado
activamente en hechos atroces de violencia. A veces la culpabilidad
refleja haber realizado actos de extrema crueldad de forma obligada
y, en otras ocasiones, por haberlos cometido en respuesta a lo que
hacían sus compañeros. En ambas circunstancias esta
culpa, en mayor o menor medida, ha provocado secuelas de depresión
y en algunos casos ha llevado incluso al suicidio o intentos de
suicidio.
"[Sobre las Dos Erres]
Siento que es una lástima. Duele, nunca se olvida de eso,
es un peso encima de uno. Matar injustamente no le gusta a ninguno.
Me siento deprimido. Me quedo toda la noche pensando ... Decidí
contar todo para quedar tranquilo y con la conciencia limpia ...".82
"Uno de los patrulleros,
desde el día que le obligaron a matar a un compañero,
decía que prefería morir a tener que vivir con la
culpa de haber matado a sus vecinos y compañeros patrulleros.
Desde entonces empezó a tomar mucho licor, enfermó
y murió aproximadamente a los tres años de los hechos".83
45.
El silenciamiento
provocó otro efecto también humillante: la culpabilidad
social. Al no poder denunciar u oponerse a la violencia se indujo
a la culpabilidad colectiva y, en cierto modo, se logró convertir
a la sociedad en cómplice de sus propios verdugos. Por otra
parte, el silenciamiento social de lo que ocurría -silencio
que se ha mantenido durante muchos años- conformó
una situación que inducía a un consenso social tendente
a desmentir o renegar de aquello que estaba ocurriendo. En amplios
sectores de la sociedad, esta complicidad y negación se convirtieron
en pilares de una indiferencia mediante la cual se aceptaba a convivir
con el terror. Este adquirió entonces una condición
de aparente normalidad que inhibía e insensibilizaba, sobre
todo a quienes no se identificaban con las víctimas o preferían
mantenerse conscientemente al margen de los conflictos. Estos efectos
psicosociales, en su conjunto causaron una grave desestructuración
del tejido social.
"A veces dan ganas
de darse la vuelta y tirar contra los soldados aunque lo maten a
uno. Pero ninguno hizo eso porque no somos tan valientes o porque
tenemos familias todavía chiquitas con nosotros. Son babosadas
lo que estoy hablando porque si uno tiraba a un soldado, los otros
soldados habrían matado a todos los demás. No había
modo, no podemos hacer nada, pero siempre a uno le queda como la
culpa porque viene el pensamiento de que tal vez sí se habría
logrado algo. No sé, ya no quiero pensarlo más, ya
no quiero hablar más ... ".84
46.
Dieciocho años después de la masacre
en la Embajada de España,85
un periodista publicó sus reflexiones sobre este fenómeno:
"De la misma manera,
sigo sintiendo una enorme responsabilidad por el silencio que, junto
a otros periodistas, guardamos cuando los dirigentes del CUC llegaron
a nuestras redacciones para denunciar el hostigamiento que el Ejército
realizaba contra la población campesina de Quiché.
Ese silencio nuestro los obligó a tomar medidas de hecho
que culminaron con la ocupación de la Embajada de España
y la posterior inmolación de esos campesinos y otros valiosos
ciudadanos guatemaltecos y españoles. Sólo quien ha
pasado por ese drama de callar para salvar la vida puede entender
lo que se siente cuando se da cuenta que su silencio produjo un
holocausto y la falta de valor de entonces se ha convertido en una
lección imborrable".86
La violencia guerrillera y el terror
47.
Las acciones militares de la guerrilla que incluían
atentados, emboscadas, enfrentamientos, así como ejecuciones
arbitrarias, reclutamientos forzados, masacres y otras hechos de
violencia, contribuyeron en muchas instancias a incrementar los
efectos del terrorismo de Estado entre la población y causaron
nuevos sufrimientos en las comunidades.
48.
Para entender los
efectos de la violencia guerrillera es importante revisar las reacciones
iniciales de ciertos sectores de la población respecto a
las organizaciones insurgentes y la lucha armada. El discurso de
la guerrilla tocaba temas sensibles para amplios segmentos de la
ciudadanía: tierras, salarios, discriminación y represión.
Por esto no fue gratuita la importante base social que logró
durante el breve período previo a la represión masiva,
marcadamente en las áreas rurales e indígenas. La
disfuncionalidad de los mecanismos legales e institucionales para
generar cambios también contribuía para que algunos
sectores vieran en las organizaciones guerrilleras una alternativa
de modernización y transformación del país.
"Nos gustó
bastante el mensaje de los guerrilleros, pues ellos eran buenos
políticos. Nos explicaron que en Guatemala sólo los
ricos tienen terreno, mientras que son los pobres que trabajan la
tierra. Vamos a quitar la tierra de los ricos y repartirla entre
los pobres nos dijeron. Cuando hemos ganado la guerra somos nosotros
los que tomamos leche y comemos queso y carne cada día. El
algodón repartimos entre ustedes y serán los indígenas
que viven en las casas bonitas de los finqueros y que conduzcan
sus vehículos. Así nos habló la guerrilla.
Según ellos faltaba poco para ganar la guerra y dijeron que
Lucas García sería el último presidente de
los ricos. Cuando nos preguntaron de organizarnos con ellos, solo
había poca gente que no quería. Pues, todos éramos
pobres y todos queríamos vivir mejor".87
"Habría
que ver la causa de la guerra; la guerra no surgió así
por así ... Llegaba por ejemplo cualquier organización
guerrillera a la aldea, y les decía: Miren señores
hay que luchar por esto y esto, y no se lo estaban inventando pues,
la gente pues ni modo decía: sí, es cierto, y como
que no estamos muy lejos de que mucha gente, por ejemplo mis papás
y todos esos que vivieron el 44 y saben los logros que tuvo la Revolución
del 44; entonces dicen si eso fuera, vamos bien pues. Entonces la
gente se animó ...".88
49.
Pero el mensaje y
la ideología conducían en la práctica a estrategias
y tácticas militares propias de la lucha armada, "la guerra
popular revolucionaria", con la que las organizaciones insurgentes
se habían comprometido desde los años sesenta. El
uso de la fuerza durante tales acciones contribuyó a aumentar
el miedo extremo en un contexto en el cual la represión estatal
era ya constante.
50.
Dentro del marco
de la llamada "justicia revolucionaria" se llevaron a cabo ejecuciones
arbitrarias contra representantes de los grupos poderosos, informantes
y colaboradores del Ejército y contra aquellos colaboradores
de la guerrilla considerados desertores o 'traidores'. Estas ejecuciones
arbitrarias eran más comunes hacia finales de los setenta
y principios de los ochenta (véase Capítulo II). La
mayoría de los casos son atribuidos al EGP y tuvieron lugar,
sobre todo, en los departamentos noroccidentales del país.
Varios declarantes ante la CEH refieren ejecuciones arbitrarias
cometidas en presencia de la comunidad. Tenían un carácter
punitivo con el que la guerrilla buscó también alcanzar
un efecto disuasivo para callar e inmovilizar a sus enemigos o supuestos
opositores en las comunidades.
"La guerrilla,
de verde olivo y buenas armas, empezaron a matar y reunieron a la
gente. Le decían a la gente: Ustedes ya vieron, ustedes ya
vieron lo que está sucediendo, si alguien de ustedes hagan
esto lo que están haciendo, así les va a pasar decían
a la gente y si alguien de ustedes no van a querer esta organización,
ustedes saben por qué, dijo, empezaron a quebrar la cárcel,
lo destruyeron todo, todo, todo esa cárcel, lo dejaron matados
al pobre ... mataron un señor, era comisionado, o sea él
trabajaba en la finca La Estrella y por eso lo encontraron ellos,
saber, porque hasta aquí. Lo dejaron muerto allá en
el camino, entonces allí se murió, así fue
que empezó la guerrilla y ya la familia de esa gente empezó
a salir algunos, algunos son ladinos de aquí, salieron, tuvieron
miedo y se fueron, daban información al Ejército cómo
estaba esta situación".89
51.
Tales ejecuciones
también ocasionaron sentimientos de arbitrariedad e indefensión;
incrementaron el desamparo y la sensación de vulnerabilidad
ante la violencia guerrillera. La crueldad con que las ejecuciones
arbitrarias se realizaron a veces y, en varios casos, la obligación
de presenciarlas, causaron miedo en la población.
"Todavía
no se había sentido el verdadero choque, pero empezó
a sentirse la presencia del EGP en el pueblo. Varios comandantes
eran de allí, ya estaban identificados y se sabía
a qué cantón pertenecían. La población
les apoyaba pero también les pedían explicaciones
cuando algo no les gustaba, como cuando mataron a Isaac Armas. Todo
el mundo estaba de acuerdo con que era malacate pero no con que
lo hubieran matado descuartizándolo".90
52.
Otras acciones de
la guerrilla que agudizaron el miedo entre la población civil
fueron los ataques contra objetivos militares, los cuales a menudo
conllevaron represalias por parte del Ejército, generalmente
dirigidas contra la población por lo general civil. Aunque
la responsabilidad de estas represalias obviamente la tuvo el Ejército,
muchas personas inculparon a la guerrilla por exponerlas a eventuales
represalias de los militares.
"Hay gente que
tiene muchas reservas; según cada lugar, la historia fue
diferente y hay lugares donde dicen [que los guerrilleros(
organizaron como vinieron a puyar el hormiguero y después
salieron corriendo, entonces hay reclamo, hay resentimiento".91
"Para mí
una de las cuestiones que llevó a que el Ejército,
en determinado momento, masacrara a las comunidades es que la guerrilla
en ese momento había dispersado sus fuerzas para poder tener
un mayor control del terreno, o sea proteger supuestamente una zona
más amplia; pero con el debilitamiento de las fuerzas, o
sea ya no tenían fuerzas concentradas sino dejaba uno, dos
o tres compañeros en cada aldea para que hostigaran cuando
el Ejército llegara. Entonces qué era la respuesta
del Ejército, a cada hostigamiento, por mínimo que
fuera, respondía con una masacre a la comunidad más
cercana ... ".92
53.
Con la represión
creciente del Ejército, la violencia de la guerrilla se incrementó.
A partir de 1981, con la creación de las PAC, y por miedo
a perder su base social, la guerrilla comenzó a presionar
a la población civil para que colaborara con ella, especialmente
en los departamentos del noroccidente del país. Así
se fortaleció en esa región un concepto de la guerra
que no permitía la neutralidad. Con el tiempo, muchas personas,
empujadas por el miedo y la necesidad de protegerse, se vieron forzadas
a colaborar con una de las dos fuerzas como estrategia de sobrevivencia,
provocando entonces una polarización extrema.
"Sí, yo
creo que nuestro papel fue muy polarizante. Nosotros decíamos:
Quien no está con nosotros está en contra nuestra.
Si usted no va a combatir con nosotros, es porque está del
otro lado. En algunos casos fue muy político [como se convenció]
pero en otros casos fue totalmente brutal".93
"Sentirse con
esta represión tan fuerte. No tenemos derecho a decirle a
la otra persona lo que sentías. No sabíamos quiénes
eran los muertos, sólo los veíamos. Vi que lo mejor
era hacerse confidencial. Me fui a hablar con un oficial y le dije
que quería ser colaborador".94
54.
La incapacidad de
la guerrilla para proteger a las comunidades ante las masacres y
la tierra arrasada, y mucho menos para poner en práctica
su anuncio de justicia, suscitó sentimientos de abandono
y resentimiento contra las organizaciones insurgentes. Varios declarantes
se expresaron así e incluso justificaron los cambios de bando
que se dieron en las regiones más golpeadas por la represión
como una respuesta a la indefensión y el abandono que sintieron
durante la violencia. Las impresiones de engaño resultaron
fortalecidos por el adoctrinamiento sistemático del Ejército,
que constantemente incriminaba a la guerrilla y enfatizaba la responsabilidad
de ésta en el sufrimiento de la población civil. Como
una estrategia de sobrevivencia, poco a poco se asimiló el
discurso oficial.
"En realidad la
guerrilla no tuvo valor porque no contaba con recursos económicos
y militares suficientes. Y cuando el Ejército supo que la
comunidad estaba organizada, entonces vino con toda la represión
a quemar nuestras casas, a quemar nuestros cultivos y a hacer lo
que es la tierra arrasada".95
"Con la guerrilla,
después de la masacre de Cuarto Pueblo, mucha gente quisimos
voltearnos porque qué hicieron ellos para defender a la gente
de Cuarto Pueblo. Hicieron un hostigamiento pero no servía
para defender a la gente sino para provocar más daño.
¨Dónde estaban las armas que dijeron?, pero no había
para donde ir, si no nos quedábamos el Ejército nos
capturaba y si no nos íbamos a la montaña la guerrilla
podía ajusticiarnos, teníamos que pensar cómo
salvar la vida. La guerrilla no tenía la capacidad de defender
a la población. Mucha gente quería armas para defender
su familia y nuestros derechos. De eso no había nada, no
era cierto que nos iban a poder defender".96
"Simplemente dejaron
al Ejército masacrar las aldeas. Entonces hicimos un análisis.
Viendo que la guerrilla mataba gente que no se organizaba con ellos,
mientras que a la vez no eran capaces de defender las aldeas y personas
organizadas con ellos, pensamos mejor organizarnos con el Ejército.
Yo en mi aldea Yulajá Ichip, animé a la gente de organizarse
en la PAC. Elaboré una lista con los nombres de los que querían
organizarse y junto con representantes de Canichám, Lajcholaj
y Caxnojá fuimos a la zona en Huehuetenango para presentarnos.
Eramos las primeras aldeas en organizarnos. Al regresar a mi aldea,
icé la bandera guatemalteca. Este hecho encabronó
a la guerrilla, peor porque yo era comandante de la patrulla. Por
lo tanto tenía que dormir unas semanas bajo la lluvia en
el monte para que los guerrilleros no me encontraron de noche para
matarme. De hecho, una noche, colgaron una manta en la aldea que
anunció mi sentencia de muerte".97
55.
Otra manifestación
de los sentimientos de abandono y engaño se manifiesta en
la conclusión de varias declarantes ante la CEH, según
los cuales ambos bandos provocaron daño y por lo tanto, en
la actualidad, no quieren tener vínculos con ninguno. Prefieren
asumir una actitud pasiva y conformista para que se les deje en
paz y no tomar una postura que provoque otra vez la pesadilla:
"Yo vi que en
ese tiempo, que a veces nosotros le echamos la culpa sólo
al Ejército, le echamos al Gobierno, pero yo fui observando
y fui pensando que no sólo el Ejército es culpable,
sino que también fue culpable la guerrilla, porque no supo
manejar las cosas a su modo de ser, se aceleraron mucho y pensaron
que de un rato a otro ya estaría listo todo. Yo no me puedo
confiar en nada, no puedo decir que la guerrilla es muy buena, porque
la guerrilla molesta, inquieta al Ejército, y la pobre gente
sin ninguna cosa con qué defenderse. Ellos pagan las consecuencias,
y los dirigentes tranquilos. Entonces yo me puse a pensar mucho
... ¨Para qué vamos a luchar más?".98
"Ya no queremos
ver ni a los soldados asesinos ni a la guerrilla, como que ambos
nos han provocado mucho sufrimiento".99
Recapitulando
56.
El terrorismo de
Estado ha ocasionado graves consecuencias psicosociales en la ciudadanía
guatemalteca. El propósito de aniquilar en la sociedad la
posibilidad y la voluntad de transformación a corto e incluso
largo plazo, convirtió a la población civil en la
principal víctima de la guerra contrainsurgente. El efecto
disuasivo del terror designa un elemento básico para que
muchas personas, tanto en las áreas rurales como en la ciudad,
asuman una actitud de pasividad y de conformismo para no correr
el riesgo de sufrir otra vez el terror vivido a lo largo del enfrentamiento.
En sus intentos de mantenerse al margen del enfrentamiento asumían
conductos que pretendían sugerir una aparente normalidad.
Una manifestación de este proceder en refleja en la pérdida
en muchos guatemaltecos de la capacidad de indignarse ante la injusticia.
57.
Una de las secuelas
más desganadoras radica en la alteración del proceso
de duelo. El dolor profundo que afecta a tantos guatemaltecos por
la muerte violenta o la desaparición de sus familiares ha
dejado huellas imborrables y se ha profundizado por la imposibilidad
de llorar y enterrar los muertos, así como de seguir los
ritos y costumbres que en tiempos normales acompañan la muerte
y entierro de una persona.
58.
Los efectos de miedo,
inhibición y conformismo, provocados premeditadamente por
el terrorismo de Estado, perduran en amplios sectores de la sociedad.
Su perpetuación no es sólo producto de la represión
extrema, sino también se explica por la utilización
sistemática de otros mecanismos de terror. Tal vez los más
importantes entre éstos han sido la impunidad, las campañas
para criminalizar y estigmatizar a las víctimas, la implicación
forzada de la población civil en las atrocidades y el silenciamiento.
59.
La impunidad como
elemento consustancial del terror produjo sentimientos de indefensión
y desamparo que llevaron a la adopción de una estrategia
de sobrevivencia cuyas manifestaciones fueron la sumisión,
el silencio o la indiferencia. Estas siguen presentes en importantes
sectores de la sociedad debido a que la impunidad continúa
amparando a los responsables de los crímenes cometidos e
incluso permite que varios de los principales responsables de la
tragedia se mantengan en puestos de poder.
60.
Las campañas
sistemáticas de criminalización y deslegitimación
de supuestos opositores formaban parte de un adoctrinamiento institucional
de la población civil. Los agentes del Estado buscaron estigmatizar
a las víctimas y las organizaciones sociales para transformarlas
así en objetivos "legítimos" de la violencia, despojándolas
de su derecho de intentar un cambio social, así como de la
dignidad de las persona. Este adoctrinamiento sistemático
ha dejado huellas en el subconsciente colectivo de la sociedad guatemalteca.
La apatía y la falta de interés en la participación
política representan algunas de las secuelas más importantes
de la criminalización y suponen un obstáculo para
la participación activa de la población en la construcción
de la democracia en el país.
61.
Tal vez los daños
psicosociales más drásticos del enfrentamiento han
sido provocados por haber obligado a importantes sectores de la
población a convertirse en cómplices de la violencia,
así como la militarización del tejido social. Más
allá de la inhibición y la pasividad, estos mecanismos
produjeron en muchas comunidades -en su mayoría mayas- victimarios
que cometieron atrocidades extremas contra sus propios vecinos,
incluso contra sus familiares cercanos. La participación
forzada de muchas personas en las comunidades las educó normalizando
la violencia como método de enfrentar conflictos y sembró
el desprecio del valor de la vida de otros.
62.
La convivencia entre
víctimas y victimarios reproduce el clima de miedo y el silencio.
Para las víctimas la confrontación diaria con sus
victimarios mantiene viva la memoria dolorosa de las violaciones.
Por temor a represalias muchas personas siguen callando su sufrimiento
mientras la interiorización de los traumas impide un proceso
de curación de las heridas.
63.
Los efectos psicosociales
provocados por las acciones de la guerrilla se derivan de los diferentes
hechos de violencia cometidos por ésta. En un contexto de
represión estatal ya constante, fueron las ejecuciones arbitrarias,
sobre todo, las que agudizaron el clima de miedo, arbitrariedad
e indefensión ya existente en la población.
64.
La progresiva retirada
de la guerrilla de muchas zonas, hizo que la población quedara
expuesta a las acciones represivas del Ejército. La destrucción
en masa producida por las masacres superó todas las previsiones
del horror y frustró las esperanzas de cambio en los sectores
de la población que habían apoyado a la insurgencia.
Por lo tanto, muchos declarantes, sobre todo en las áreas
más afectadas por las operaciones de tierra arrasada, han
expresado sentimientos de abandono y engaño ante el giro
de la situación. La cólera de mucha gente refleja
que la guerrilla, después de haber organizado a las comunidades,
las abandonó, dejando a la gente indefensa frente a la represión
estatal desatada. Esto contribuyó a crear una actitud de
inmovilización social y política.
1 Por la naturaleza de
su mandato, la metodología de la CEH se centró en
la investigación y análisis de las violaciones de
los derechos humanos y los hechos de violencia. No abarcó
la investigación sistemática sobre las consecuencias
psicológicas individuales provocadas por la violencia política.
No obstante, muchas de las mismas fueron expresadas en los testimonios
recogidos o manifestadas en la interacción entre declarante
e investigador. Se considera que es una problemática seria
que amerita una mayor atención en el futuro, así como
esfuerzos para darle una respuesta oportuna a las necesidades detectadas.
Hasta ahora, el análisis más detallado sobre este
fenómeno en el país se encuentra en Guatemala:
Nunca Más. Informe del Proyecto Inter-Diocesano para la Recuperación
de la Memoria Histórica (REMHI). Tomo I; Guatemala, 1998.
Regrese al Texto
2 Testigo CEH. Chiché,
Quiché. Regrese al Texto
3 Véase Capítulo
I. Regrese al Texto
4 Véase, por ejemplo,
Carlos Figueroa Ibarra, El recurso del miedo: Ensayo sobre el
Estado y el terror en Guatemala, San José Costa Rica,
Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA), 1991. Regrese
al Texto
5 Véase Capítulo
II sobre escuadrones de la muerte para actividades represivas antisindicales.
CI 67. 1977, 1980. Ciudad de Guatemala, Guatemala. Regrese al
Texto
6 Varios autores sobre
el tema plantean que en Guatemala la violencia institucional o el
terror de Estado empieza en 1966. Véase por ejemplo: Gabriel
Aguilera Peralta, Terror and Violence as Weapons of Counterinsurgency
in Guatemala, Latin American Perspectives, Vol. VII, Nos.
2 and 3, Spring-Summer 1980; Centro de Investigación
y Documentación Centroamericana (CIDCA), Violencia y contraviolencia:
Desarrollo histórico de la violencia institucional en Guatemala
Guatemala, Editorial Universitaria, 1980; y Carlos Figueroa
Ibarra, ob.cit. Regrese al Texto
7 CI 68. 1966. Ciudad
de Guatemala, Guatemala. Regrese al Texto
8 Aguilera Peralta, Terror
and Violence...; ob.cit., pg. 98. Regrese al Texto
9 Algunos de estos grupos
fueron comandos especiales de las Fuerzas de Seguridad del Estado,
otras organizaciones estaban constituidas por elementos radicales
de derecha que operaban con cierto grado de autonomía. En
cualquier caso, sus operaciones permitieron que el Estado construyera
una explicación de la violencia que lo exculpara y que se
mantuvo con ciertas modificaciones durante los siguientes quince
años: la violencia era el resultado de las acciones de grupos
extremistas de izquierda y derecha que operaban fuera de la ley.
Véase apartado sobre escuadrones de la muerte del Capítulo
II, y "El proceso del terror en Guatemala", documento inédito,
Colección McClintock, MC2.32, pg. 4. Regrese al Texto
10 "El proceso del terror"
ob.cit., pg. 8. Regrese al Texto
11 Testigo CEH. Marzo,
1982. Sibinal, San Marcos. Regrese al Texto
12 Véase referencias
citadas en la nota 6. Regrese al Texto
13 CI 43. 1982, 1988.
Quiché. CI 53. 1982. Quiché. Regrese al Texto
14 Testigo CEH. C 9241.
1981. San Cristóbal Verapaz, Alta Verapaz. Regrese al
Texto
15 Testigo CEH. (T.C.
312). Zopes son aves de rapiña. Regrese al Texto
16 Testigo CEH. Sobreviviente
de masacre. Regrese al Texto
17 Testigo (ex funcionario
de la USAC) CEH. 1980. Regrese al Texto
18 Testigo CEH. C 7311.
Enero, 1981. San Pedro Sacatepéquez, San Marcos. Regrese
al Texto
19 Testigo CEH. C 7308.
Agosto, 1980. San Pedro Sacatepéquez, San Marcos. Regrese
al Texto
20 Ignacio Martín-Baró
acuñó el concepto del trauma psicosocial para representar
algunos efectos de la guerra en El Salvador, describiendo la cristalización
o materialización en las personas de las relaciones sociales
de guerra caracterizada por "la polarización social, la mentira
institucionalizada y la militarización de la vida social".
Véase, "La violencia política y la guerra como causas
del trauma psicosocial en El Salvador", en Psicología
social de la guerra, Selección e introducción
de Ignacio Martín-Baró, UCA editores, San Salvador,
1990. pg. 80. Regrese al Texto
21 Testigo (ex funcionario
de la USAC) CEH. (T.C.3). Regrese al Texto
22 Testigo (Kaqchikel,
sobreviviente de la violencia, misionero) CEH. (T.C. 82). Regrese
al Texto
23 Testigo (fundadora
del GAM) CEH. (T.C.382). Regrese al Texto
24 Testigo CEH. C 7149.
Septiembre, 1983. La Reforma, San Marcos. Regrese al Texto
25 Testigo CEH. CI 51.
Marzo, 1982. San Martín Jilotepeque, Chimaltenango. Regrese
al Texto
26 Testigo CEH. C 2756.
1982. Zacualpa, Quiché. Regrese al Texto
27 El psicoanalista
Argentino Fernando Ulloa habla de una problemática doble
("double bind") que caracteriza al duelo suspendido o congelado.
El sobreviviente se siente atrapado entre un sentimiento de esperanza
de que su ser querido esté vivo y que regrese y el deseo
de que se haya muerto para no sufrir más la tortura u otros
daños que se supone estaría viviendo. (Conferencia
pública, Universidad de Buenos Aires, Octubre, 1990). Regrese
al Texto
28 Testigo CEH. C 7157.
1981. Tajumulco, San Marcos. Regrese al Texto
29 Testigo (mujer kaqchiquel)
CEH. C 434. 1982. Patzún, Chimaltenango. Regrese al Texto
30 Testigo (mujer kaqchiquel)
CEH. C 438. 1982. San Martín Jilotepeque, Chimaltenango.
Regrese al Texto
31 Testigo (viuda ladina)
CEH. C 7109. 1984. San Rafael Pie de la Cuesta, San Marcos. Regrese
al Texto
32 Testigo CEH. C 3318.
1982. Nebaj, Quiché. Regrese al Texto
33 El término
cementerio clandestino se refiere a los lugares donde los victimarios
dejaron sepultados u obligaron a otros a enterrar personas, mientras
un cementerio oculto es aquel en el que los propios familiares o
vecinos enterraron a las víctimas. Regrese al Texto
34 Chuchos son perros.
Regrese al Texto
35 Testigo CEH. C 7316.
1986. Nuevo Progreso, San Marcos. Regrese al Texto
36 Testigo CEH. C 7315.
1983. Nuevo Progreso, San Marcos. Regrese al Texto
37 En este apartado
la impunidad se analiza con respecto a su funcionalidad para mantener
los efectos psicosociales del terror; más adelante, en este
Capítulo, se verán otras consecuencias de la impunidad
en la sociedad guatemalteca. Regrese al Texto
38 Testigo (sobreviviente
de la violencia de Escuintla) CEH. (T.C. 194). Regrese al Texto
39 Testigo CEH. C 1628.
Mayo, 1978. Panzós, Alta Verapaz. Regrese al Texto
40 Carlos Figueroa Ibarra,
ob.cit. Regrese al Texto
41 Testigo (ex alcalde
Joyabaj, Quiché) CEH. (T.C. 30). Regrese al Texto
42 Testigo CEH. C 7296.
Febrero, 1991. Sipacapa, San Marcos. Regrese al Texto
43 Testigo (víctima
menor de edad) CEH. (T.C. 195). Regrese al Texto
44 Licor. Regrese
al Texto
45 Testigo (sobreviviente
de la guerra, ex misionero) CEH. (T.C. 82). Regrese al Texto
46 Testigo (ex funcionario
de la USAC) CEH. (T.C.3). Regrese al Texto
47 Testigo CEH. C 2961.
Marzo, 1982. Chiché, Quiché. Regrese al Texto
48 Vocabulario q'eqchi'
que significa diablo, hombre malo. Regrese al Texto
49 Testigo (líder
comunitario y sindical) CEH. C 9501. 1978. Cobán, Alta Verapaz.
Regrese al Texto
50 Testigo (ex funcionario
municipal) CEH. Nebaj, Quiché. (T.C. 254). Regrese al
Texto
51 Testigo REMHI. (Entrevista
0443 AV CIC). 1982. Chisec, Alta Verapaz. Regrese al Texto
52 Para una discusión
más amplia de los efectos en la identidad, véase por
ejemplo M. Melville y B. Lykes, "Guatemalan Indian children and
the socio-cultural effects of government sponsored terrorism", Social
Science and Medicine, 34(5), pg. 533-548. Regrese al Texto
53 Testigo CEH. Desmovilizado
región Huista, Huehuetenango. (T.C. 114). Regrese al Texto
54 Testigo CEH. C 2646.
1981. San Pedro Jocopilas, Quiché. Regrese al Texto
55 Testimonio colectivo
CEH. La Estancia, Quiché. Regrese al Texto
56 Citado de Byron Barillas
y otros, "Dos décadas, tres generaciones. El movimiento
estudiantil visto desde la óptica de sus protagonistas".
Inédito. Regrese al Texto
57 Testigo CEH. C 13013.
Octubre, 1979. Santa Lucía Cotzumalguapa, Escuintla. Regrese
al Texto
58 Testigo CEH. C 2596.
Junio, 1983. Uspantán, Quiché. Regrese al Texto
59 Testigo (catedrático
universitario) CEH. (T.C. 6). Regrese al Texto
60 Testigo CEH. (T.C.
260). Regrese al Texto
61 Testigo CEH. C 7218.
Diciembre, 1982. Tejutla, San Marcos. CI 43. Quiché. 1982,
1988. CI 53. Quiché. 1982. Regrese al Texto
62 Testigo REMHI (2246).
1982. Huehuetenango. Regrese al Texto
63 Testigo CEH. C 6080.
Julio, 1981. Barillas, Huehuetenango. Regrese al Texto
64 CI 82. 1981 y 1982.
Uspantán, Quiché. Regrese al Texto
65 Testigo CEH. C 2800.
Febrero, 1982. San Bartolomé Jocotenango, Quiché.
Regrese al Texto
66 Testigo (niño
sobreviviente) CEH. C 9156. 1982. Rabinal, Baja Verapaz. Regrese
al Texto
67 Testigo CEH. San
Marcos. Hace referencia a un ex comisionado y los patrulleros que
lo apoyan. Regrese al Texto
68 Testigo (ex patrullero
CEH). Dolores, Petén. (T.C. 261). Regrese al Texto
69 Testigo CEH. CI 70.
1982. Sibinal, San Marcos. Regrese al Texto
70 Testigo (ex patrullero)
CEH. C 9051. Cobán, Alta Verapaz. Regrese al Texto
71 Testigo CEH. C 5343.
1982. San Antonio Huista, Huehuetenango. Regrese al Texto
72 Testigo CEH. C 9071.
San Cristóbal Verapaz, Alta Verapaz. Regrese al Texto
73 Véase E. Lira,
E. Weinstein & S. Salmovich, "El miedo: Un enfoque psicosocial",
Revista Chilena de Psicología, VIII, 1985-1986, pg.51-56.
Regrese al Texto
74 Testigo CEH. C 7111.
Abril, 1990. Esquipulas Palo Gordo, San Marcos. Regrese al Texto
75 CI 70. 1982. San
Marcos. Regrese al Texto
76 Testigo CEH. C 16671.
Diciembre, 1982. Quiché. Regrese al Texto
77 CI 78. 1982. Quiché.
CI 38. Quiché. 1981. CI 39. Quiché. 1982. Regrese
al Texto
78 Testigo (ex comandante
de las FAR) CEH. (T.C. 220). Regrese al Texto
79 Testigo CEH. C 425.
1984. Patzún, Chimaltenango. Regrese al Texto
80 Testigo REMHI. 477.
Regrese al Texto
81 Testigo CEH. C 16687.
Febrero, 1983. San Antonio Ilotenango, Quiché. Regrese
al Texto
82 Testigo (ex kaibil)
CEH. (T.C. 262). Regrese al Texto
83 Testigo CEH. C 16053.
1982. Zacualpa. Quiché. CI 53. 1982. Quiché. Regrese
al Texto
84 CI 39. Masacre de
Paquix. 1982. Sacapulas, Quiché. Regrese al Texto
85 CI 79. 1980. Ciudad
de Guatemala, Guatemala. Regrese al Texto
86 Oscar Clemente Marroquín,
La Hora, 8 de Abril de 1998, pg. 2. Regrese al Texto
87 Testimonio colectivo.
San Miguel Acatán, Huehuetenango. (T.C. 352). Regrese
al Texto
88 Testigo CEH. (ex
combatiente kaqchikel). (T.C. 26). Regrese al Texto
89 Testimonio colectivo.
Chel, Chajul, Quiché. CI 60. Abril, 1982. Quiché.
Regrese al Texto
90 Testigo CEH. C 5126.
Febrero, 1982. Santa Ana Huista, Huehuetenango. Regrese al Texto
91 Testigo (ex dirigente
del EGP) CEH. (T.C. 145). Regrese al Texto
92 Testigo (desmovilizado
región Huista, Huehuetenango) CEH. (T.C. 131). Regrese
al Texto
93 Testigo (ex miembro
EGP) CEH. (T.C. 8). Regrese al Texto
94 Testigo CEH. C 11411.
Diciembre, 1981. Cantabal, Quiché. Regrese al Texto
95 Testimonio colectivo
CEH. Nebaj, Quiché. Regrese al Texto
96 Testigo CEH. C11437.
1982. Cantabal, Quiché. CI 4. 1982. Quiché. Regrese
al Texto
97 Testimonio colectivo
CEH. San Miguel Acatán, Huehuetenango. (T.C. 352). Regrese
al Texto
98 Testigo REMHI. (Entrevista
8352-SBK). Campamento Santo Domingo Kesti, Chiapas, México.
Regrese al Texto
99 Testigo CEH. C 6017.
1982. Barillas, Huehuetenango. 1
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