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Capítulo 9: Violencia rural y urbana en la prensa Testimonios y fuentes documentales de la base de datos del CIIDH establecen que la violencia aumentó de manera alarmante en las áreas rurales en los últimos años de los setenta y a principios de los ochenta. La prensa en Guatemala perdió completamente esta historia. La figura 9.1 detalla cómo en los años sesenta y por mucho de los setenta, los reportes sobre la ciudad y el campo siguieron más o menos el mismo patrón. Por ejemplo, en el período de 1970 a 1973, el aumento y el subsiguiente descenso en la violencia rural reportada por la prensa corresponde al patrón de reportes sobre la violencia urbana en los mismos años. Figura 9.1. Total anual de asesinatos y desapariciones reportados en la prensa, por región, de 1959 a 1995
Pero a partir de 1979, cuando el terror del Estado se desplaza al occidente de Guatemala, los asesinatos rurales (representado por la línea continua en la figura 9.1) caen hacia cero y luego permanecen en un nivel muy bajo. En 1982, fuentes periodísticas recopiladas por la CIIDH tan sólo dan cuenta de 31 asesinatos en la parte rural del país, mientras que para el mismo año, otras fuentes de la base de datos detallan más de 18 mil asesinatos en esas áreas cometidos por las fuerzas del gobierno. El terrorismo del Estado en contra de las comunidades mayas ocurrió en silencio. Como se mencionó anteriormente, la prensa no fue completamente acallada durante los gobiernos de Lucas García y Ríos Montt. La línea discontinua en la figura 9.1 muestra que la prensa logró publicar algunos relatos sobre la violencia entre 1978 y 1983, pero se trató, casi exclusivamente, de asesinatos en el área urbana. La figura 9.2 presenta este vacío en el área rural de otra manera. Al mismo tiempo que las fuentes documentales y las entrevistas empezaron a detectar el creciente carácter rural de la violencia institucional (el porcentaje rural representado por la línea continua), la cobertura de la prensa, que anteriormente fue buena, decrece cada vez más (la línea discontinua). El porcentaje de la violencia reportada por la prensa, cometida en el área rural, es casi nula entre 1979 y 1985. Fue precisamente en esos años cuando el Estado ejerció una política deliberada de masacres en el área rural. Para los guatemaltecos que dependieron de los periódicos para su información, el terror del Estado apenas quedaba registrado. Figura 9.2. Porcentaje anual de asesinatos y desapariciones en el área rural, según fuente, de 1960 a 1995
Los intereses de los lectores urbanos pueden explicar en parte este fenómeno. Aún, si los periódicos se sentían libres de publicar todo sobre las atrocidades del gobierno en el occidente del país, el espacio hubiera sido limitado por la necesidad de atraer a los lectores de la clase media urbana, quienes preferían leer sobre economía, deportes y páginas de sociedad. Aún hoy día los capitalinos tienen poco interés en lo que pasa en las márgenes rurales del país. La existencia de comunidades que hablan idiomas propios y observan sus propias costumbres, es para muchos guatemaltecos una vergüenza nacional, aunque en pocas ocasiones sea algo folklórico motivo de orgullo. Algunos, especialmente quienes estaban de acuerdo con el programa de pacificación del gobierno, querían saber lo menos posible de las masacres de campesinos hechas con el afán de detener una insurgencia "comunista". Además, pocos periodistas que viven en la capital han tenido éxito en hacer reportajes sobre la vida de la mayoría de la población rural en Guatemala. Especialmente para reporteros sin contactos locales ha sido difícil llegar y entrar en las comunidades mayas que existen en un aislamiento, tanto geográfico como cultural. Las noticias sobre algunos hechos atroces en el campo llegaron a los grupos de derechos humanos en México y otras partes. De vez en cuando recibieron mención en la prensa extranjera. Noticias de Guatemala, un periódico del movimiento popular, a menudo publicó noticias sobre la represión institucional y el levantamiento rebelde. Sin embargo, en 1981 y 1982 esa fuente de noticias estaba disponible para pocos guatemaltecos, a menos que vivieran en el exilio. Lo mismo sucedió con Inforpress Centroamericana, publicada semanalmente en Guatemala aún durante los peores años de represión, que, aunque conservó su independencia y franqueza, tenía una circulación muy limitada. Fue, según uno de sus colaboradores, "la elite de la izquierda escribiendo para la elite de la derecha" (entrevista realizada por el CIIDH). En Guatemala, el debate político fue más abierto en la Universidad de San Carlos. Aunque fue una institución pública, su autonomía del resto del Estado le permitió promover el pensamiento de la oposición política, inclusive durante las épocas de mayor represión. En 1978, la administración del rector Saúl Osorio Paz inició la publicación de Siete Días en la USAC. Además de noticias sobre la Universidad y análisis muy crítico de la situación nacional y regional, el semanario con frecuencia denunció la violencia institucional. Hizo énfasis en la represión del movimiento popular citadino, pero también dio cobertura a acontecimientos del área rural. Sin embargo, en 1980, poco antes del auge de la violencia rural, los asesinatos y amenazas de los escuadrones de la muerte del gobierno obligaron a Saúl Osorio a salir al exilio, por lo que Siete Días dejó de denunciar el terror con tanto empeño. Una serie de rectores interinos que le sucedieron intentaron mejorar las relaciones con el gobierno de Lucas García. Como resultado, durante algún tiempo Siete Días gastó más tinta en criticar a los estudiantes radicales que a la creciente represión oficial. Cuando Ríos Montt tomó el poder en marzo de 1982, poco quedaba de la prensa crítica para que cubriera el peor momento del terror estatal (CIIDH y GAM 1999). En ese tiempo, pocos guatemaltecos tuvieron conciencia de la política de tierra arrasada que el gobierno llevaba a cabo en 1982. Aun en el occidente del país, en las áreas de mayor represión, las comunidades afectadas vivieron aisladas unas de otras. Muchos sobrevivientes tuvieron miedo de hablar de las masacres o las desapariciones masivas. Si se atrevían a denunciarlas, había poca oportunidad para hablar de los crímenes como responsibilidad del gobierno. Es posible que los pobladores supieran de lo acontecido en las áreas inmediatas a ellos, pero tenían poca o ninguna idea de lo que sucedía en otras partes del país. Para muchos campesinos, el entendimiento de la violencia se quedó en lo local, basado en sus propias experiencias. Unicamente en el exilio o en las Comunidades de Población en Resistencia, las víctimas podían reunirse y hacer una crítica general del terror (capítulo 20). Aun hoy en día, buena parte de la historia de la violencia en el campo de Guatemala, no se ha contado. |